sábado, 1 de febrero de 2014

   EL   PIANO

                                                                             Pirograbado original de Hugo Salinas




En casa había un Steinwal vertical que todos los días me esperaba con su ceño adusto, la mirada negra de nogal reluciente como charol y el silencio imponente de sus notas dormidas.  Adentro no había ni la canción profana ni la alegría melódica, sólo la perenne monotonía de las escalas de Williams, de las escalas casi eternas, generadoras de melancólica pereza, de tardes lluviosas y de llanto escondido.  Pero la nostalgia ahora transforma las escalas a la categoría de fuga, un sombrío adagio fugado hacia el confín de la tarde, que trae a mi madre sonriendo, con sus trenzas cruzadas sobre la cabeza como una corona, como entonces, una diadema de cabellos que el olvido o el recuerdo adorna con destellos, como si el tiempo no hubiera pasado por la cara que enmarcan, como si siguieran significando el refugio y la ternura que alguna vez encarnaron.

Pero todo es mentira, todo se confunde en remolinos ociosos, en una pequeña tormenta de alucinación y hastío.


Y el piano, el piano quién sabe dónde estará.

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