Como introducción, a manera de ensayo, reproducimos un texto de Jorge A. Mirarchi
Victory boogie
woogie
I
Yo sé que el
pasado alienta en los movimientos sincopados del corazón, adrenalina silenciosa
por arribar a la superficie. Tiembla en
la superficie y se supera a sí misma entonando un aire melancólico y
lejanamente festivo.
Disimula el peso
del minuto presente, con toda su omnipotencia de duelo y de vida
arrasadora. No juzga, no implora: es simplemente pasado que alienta todavía, es
recuerdo y se va desvaneciendo segundo a segundo, como el aliento en un vidrio,
pero todavía está allí, respira cada vez menos, pero está, no se le puede dar
por desaparecido.
¡Qué final!
Cuánto moribundo en el aire tenue de este agosto...
¡Qué gracia en el ademán del adiós!
Y después del
adiós quedar clavado, olvidado de todos, en la plataforma de la indiferencia
del mundo, como petrificado, inmóvil, decepcionado, perdiendo recuerdos sin
pausa, sumando descuentos e indulgencias, frotándose las manos, arreglándose
las uñas.
Un grito en la calle.
¿Serán niños jugando a la pelota?
¿Será...?
Mito moderno, la angustia renovada, sin solución. El tiempo es otro y sin embargo
No era aquí, siquiera, y sin embargo
Inaugural, un
grito en la calle, un grito incomprensible, tal vez la distancia, tal vez la
pronunciación, el idioma, los dientes apretados, la lengua vinosa, lo imposible
de saber, el árbol del bien y del mal.
¡Qué cosa!
Y seguir, porque
no queda otra opción. Detenerse es ser
arrollado sin misericordia, sin pasión.
Seguir, seguir. Como las nubes en
el cielo, como la Luna
y las estrellas, indiferentes, incansables, huecas. Frías.
Los latidos
siguen, a veces adelantan, a veces parecen detenerse, pero - hasta ahora
- siguen y siguen, toda la sangre del
mundo, toda la esperanza implícita, algo de ingenua desatención a los detalles,
y el mundo sigue andando, girando sobre sí mismo, apurándose para llegar a
ninguna parte. Y la entropía, todos sabemos qué pasa con ella. Al frotar las
manos con satisfacción, una contra la otra.
¿Y la
piedad? ¿Y la conmiseración?
No las virtudes
teologales, las terrenas, las más chapoteantes y comprometidas, al nivel de la
calle, entremezcladas con las drogas y el paco, confundidas entre la farmacopea
del paraíso químico. ¿Dónde
estamos? ¿Qué es esto?
Da vueltas
también una calesita carente de sentido, con su musiquita repetida y fugada,
una boletería sin espectáculo, una calle sin salida, un tobogán a la nada, un
puente en la oscuridad. Arena escapando entre los dedos.
No, no, miopía
general, miastenia, vómitos, fibrilación, septicemia. Toda la parafernalia dispuesta para la más
completa aniquilación ¿de qué?
Tal vez de la
esperanza. ¿La esperanza falaz de los griegos?
¿Y el grito en
la calle?
¿Aferrado a las
virtudes teologales? ¿Confiando en los estereotipos munidos de sotana? ¿Con la
fumarola para bendecir a diestra y siniestra?
Mentira, engaño,
fraude en toda la línea. Pero, qué linda
imagen, qué pálido fuego, como él decía, qué epifanía.
El ánimo, sin embargo, se templa en la adversidad.
Pero no en la mentira.
El ánimo sufre
la corrupción, como todo lo que tiene vida, se desmorona frente a los ataques
de la realidad. Los tropezones son la rutina. Lo real enciende la aspiradora de
esperanzas, cubre los cuatro rincones, los cuatro horizontes de la rosa de los
vientos, los cuatro elementos de los alquimistas.
Cuando mirás
fijamente lo real, la gorgona de lo real, todo en lo que creías se desmorona,
castillo de harina llena de gorgojos, nada se aglomera ni se opaca, nada tiene
entidad y firmeza suficiente para aguantar lo real. Para superar esa apariencia
opaca e indestructible como un decorado de cartón piedra. Lo real es una niebla de ceniza que se
esparce sin cesar. Que oculta, disfraza, cambia una cosa por otra, sin ley ni
sentido.
Lo real mata,
desilusiona, desestructura, deconstruye.
Cuando lo real reina, todo lo demás abdica en silencio, hace mutis, se
disuelve en el aire. Apenas una
musiquita flota en la brisa como un adiós, otro recuerdo que se evapora. La
visión se opaca, se opaca hasta la ceguera.
Otro grito que se apaga. Para
siempre.
El silencio gana la calle como en los cementerios.
II
Hay una deriva
en el silencio que lleva las palabras mucho más allá de sus confines, mucho más
ahí, donde pueden llegar a significar otra cosa, pervertirse en la deriva,
cambiar los códigos. Cuando un hombre
calla demasiado tiempo, lo que dice después está en otro idioma, debe ser
descifrado con ayuda de un tiempo semejante al que duró el silencio. Es otro mundo, otra ventana sobre el abismo
la que se abre, otra mirada, otra calle,
otro río.
Y se corre el
riesgo de no encontrar ya nunca la piedra Roseta necesaria.
Callar es entrar
en una babel solitaria que cambiará todos los verbos, confundirá la sintaxis y
el hermético no podrá aspirar a ser escuchado, aunque ése no sea su
propósito. Desde el vientre de la
ballena no llegan sonidos, todos quedan en su interior, enredados en los
gorgorismos de una naturaleza que aún persiste como el primer día, con sus
ácidos digestivos que no reconocen su objeto ni saben, por supuesto, de
indultos y otras perfidias.
Y la esperanza,
la esperanza falaz, intrincada, simulada, inventada, construida, ¿qué puede
contra la trunca comprensión del silencio?
¿Qué puede el
hombre aferrado a esa última roca que emerge, con las manos resbalosas y
ateridas? ¿que ya no lo sostienen?
¿Qué puede el
pez en el agua contaminada por ese mismo hombre que ayudó a alimentar?
El silencio
hermana a ambos moribundos en la estela de una gran tentativa, ¿el silencio
elocuente del final?
¿Hermana? O cada
uno de ellos boquea desesperado sin saber ni importarle nada del otro.
Intentando
atrapar una minúscula bocanada de aire antes de que otro se la aspire.
El silencio
ahora se contamina con el estertor del ahogo, el silbido de los bronquios
colapsados por la demanda, el grito de la sangre sin oxígeno, el chirrido de la
uñas arañando la superficie del muro que se interpone a la vida. O que la
dificulta extremadamente sin ponerle el fin que significaría el cese del dolor.
Sigue la vida. Y sigue.
III
Pero el ámbito
es otro, el escenario de estas pasiones no se localiza en los espacios abiertos
de la naturaleza ingenua de los
comienzos. El paraíso se perdió
enseguida, el excremento ganó la partida desde la noche misma de la primera
cena. El relato, el gran relato cambia, se diversifica, abandona el refugio de
cristal de cada individuo, su cenáculo, su baño privado. Los individuos no
cuentan.
Ahora, la obra
continua en las calles de las ciudades abiertas, bajo los cielos encapotados
del smog, entre los vehículos sangrantes y los basureros gigantes, en los
recovecos de los estacionamientos, en las puertas de los boliches, en la
semipenumbra de los bailables y de los templos, miríadas de bailables llenos de
crac y de adolescentes intoxicados de rock, de cumbia, de deseo, echados en los
rincones, vomitando en los baños y ahogándose en un aire tan perverso y
contaminado como sus propias mentes extraviadas y miríadas de templos de las
más disímiles religiones y de los más variados dioses de toda la historia, cada
uno con sus prohibiciones, sus liturgias, sus sacrificios y sus diezmos, llenos
de fieles de pié, llenos de fieles arrodillados, llenos de fieles prosternados,
echados boca abajo sobre las baldosas de las naves y de los traseptorios,
babeando, la boca llena de histérica espuma y de rezos incoherentes e incomprensibles, las manos
extendidas, los dedos agarrotados y todos sus agujeros violados según el
algoritmo secuenciado por el pastor de turno, con su sonrisa meliflua y sagrada
brillándole en la cara sudorosa. La obra
se ahonda y se despliega en las calles céntricas, en las plazas ganadas por la
multitud de la protesta, detrás de los escudos policiales, atosigadas por el
humo de los gases lacrimógenos, las molotov, y la pólvora, empujadas siempre
hacia atrás por los caballos de la gendarmería, apaleados con sus propias
banderas y por las anónimas cachiporras del poder, envueltos en las batallas de
adoquines y de vidrios de los negocios y de los bancos y de las compañías de
seguros y de los ministerios, flanqueados por las motos del orden urbano, los
camiones hidrantes y los celulares de detenidos, las barricadas, los aguantes,
las corridas, el desbande, las camillas, las ambulancias, el líquido rojo
deslizándose por el asfalto, el asfalto teñido por el dolor de unos cuantos y
el miedo de los que corren, de los perseguidos. Y en el medio de todo ese
ulular infame y atronador, el silencio, el silencio del hombre que ya no sabe
que lo es, el silencio del hombre que ha abdicado de sí mismo, el silencio de
la ternura del hombre, el silencio del amor, el silencio del amor, el silencio
de la protección de los hijos, el silencio de los niños, el silencio del amor,
de la mujer y del amor.
Gana el
silencio. En la gran hecatombe y en la soledad final de las calles.
El silencio
siempre gana.
IV
Ahora el viento
recorre la superficie desolada y apenas envuelve las ramas retorcidas y
chamuscadas de unos pocos árboles. Es
todo lo que hay. Espesos nubarrones
recorren una geodésica en el cielo, La luz es gris en toda la extensión del
horizonte. En vano unos hipotéticos ojos
buscarían una mota de color. Algunos
charcos aislados de algo que no se sabe si es agua reflejan el gris del cielo;
el resto es barro renegrido y pútrido.
De todas maneras
parece un caldo. En los valles, en el fondo de las barrancas, en los surcos
abiertos, entre las piedras, en las rajaduras de los restos de asfalto, en los
malecones, en las estructuras oxidadas e irreconocibles, en los monumentos; un
caldo, una sopa nutricia de algo innombrable, inconcebible aún.
No hay otro
sonido que el del aire en movimiento, un apagado siseo que impregna todo el
ámbito visible. No hay preeminencia de
ningún rincón, no hay orientación de ningún tipo.
Sólo el ¿aire?
pasando entre las ramas ateridas, sin conciencia.
Jorge A. Mirarchi
Cuando un hombre calla demasiado tiempo, lo que dice después está en otro idioma, debe ser descifrado con ayuda de un tiempo semejante al que duró el silencio. Es otro mundo, otra ventana sobre el abismo la que se abre, otra mirada, otra calle, otro río.
ResponderBorrarJorge, ese párrafo es maravilloso... cada vez que nos vamos por un tiempo de los otros o de nosotros mismos ,antes se da una ruptura en el orden del lenguaje. No porque se lo suspenda, sino porque su presencia se vuelve un puente inocuo, inútil.
JORGE:hay párrafos muy ciertos,muy sentidos,con mucho demasiado dolor,frases que lloran,palabras que se ahogan en lágrimas.Ahora digo:¿qué hace un niño cuando construye su castillo de arena y el mar se lo derrumba?,despues de secar sus lágrimas vuelve a hacerlo;¿qué hace un pájaro cuando el viento destruye su nido? vuelve a juntar ramitas para su nueva construcción; ¿qué hace un científico cuando su experimento no dió el resultado previsto? se rasca la cabeza,analiza otras posibilidades y vuelve a intentarlo.Los niños con sus castillos,los pájaros con sus nidos,los científicos con sus experimentos:el patrón en todo es un volver a empezar,todos los días,dejando atras el pasado,volver a empezar con una nueva esperanza,y si de algo sirve el pasado es para tomarlo como experiencia,y nada mas,ya pasó ya fue,si él nos domina no vivimos,por resolver el ayer perdemos el hoy,y en el hoy hay cosas maravillosas iluminadas por el nuevo día.Miremos lo bello,que hay de lo otro es tan cierto como que hay lágrimas y sonrisas,pero no nos enfoquemos en lo primero,vivamos con la luz de la esperanza.
ResponderBorrar"todos los días nos debemos dar la posibilidad de mirar la mitad del vaso lleno"
Inesita Greco
mi comentario es a lo que escribiste el 30 de mayo,en la primer parte termina diciendo:el silencio gana la calle como en los cementerios;segunda parte:sigue la vida sigue,tercera parte:el silencio siempre gana.
ResponderBorrarInesita Greco
Estimada Inés: esas tres etapas que ves en el escrito no son contradictorias. La vida es una etapa en que puede prevalecer o no el silencio, pero finalmente se acaba y gana el silencio, nos guste o no. Un abrazo, Jorge
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