LA MAÑANA PERFECTA DEL PÁJARO DE ALAS NEGRAS
DEL PAJARO DE ALAS
NEGRAS
Un inmenso pájaro de alas negras, cruzando
de un patio al otro, un par de alas grandes como toldos, extendidas al máximo,
oscureciendo aún más la noche cálida de febrero, eso es lo que espero ver, con
el corazón estremecido por la curiosidad y el miedo, aunque no tenga relación
con lo que me habían prometido, todo más sencillo, inocente de tan sencillo,
increíble de tan inocente y tan sencillo, debido al inminente nacimiento de mi
hermanito y a que tío Víctor me hubiera trasladado a su pieza en el entrepiso
del otro patio, para ver la llegada de la cigüeña, con su obviedad plumosa y su
carga de misterio, cruzar el pedazo de cielo entre los dos patios, uno frente
al otro, volando de sur a norte, desde el lado de la pieza de Víctor hasta la
persiana de la pieza de mamá, una visión perfecta, un cielo estrellado y lejano
y un momento en la noche en que me debo haber dormido, no vi llegar ni pájaro
blanco ni pájaro negro y solo escuché, al final de la larga noche y ahora frío
amanecer, el llamado de Víctor y el llanto de un bebé que milagrosamente
cruzaba los dos patios con la intensidad y el tono de un maullido de gato y se
metía en las orejas sin pedir permiso.
Algo nuevo había en el mundo y yo me había quedado con las ganas del
inmenso pájaro de alas negras.
-Vamos, apurate. Tenés un nuevo hermanito
-dijo Víctor.
No me había desvestido para dormir y así
nomás fuimos, bajamos la escalera y por el corredor llegamos al patio de mamá,
mientras Víctor me decía cómo no había
visto el planeo del gran pájaro de finas patas, el suave y silencioso planeo y
el aterrizaje muelle como algodón. Se
había posado un segundo apenas y vuelto
a partir, pero no me aclaró si el color de sus plumas correspondía a su sueño o al mío.
En nuestro patio, lleno de macetas con plantas tropicales que eran
orgullo de mamá, estaban papá y tío José-
que era hermano de mamá- con cara de cansados. Los dos sonrieron al
vernos llegar.
-Tenés un hermanito -dijo José y me palmeó
la cabeza. El gesto cariñoso disimuló lo
reiterativo del asunto, pero papá no dijo nada, con lo que la cosa se
equilibraba un tanto, solamente apoyó una mano sobre mi hombro y me apretó
contra la pierna. Ahora el bebé no lloraba y ellos dijeron que estaba
durmiendo. Dijeron que se llamaba Anselmo Ismael Darío Eduardo José y que
parecía muy fuerte, algo indispensable si debía afrontar tales nombres. Quise
ver a mamá pero dijeron que ella también estaba descansando. Descansando de
qué. De la espera, de los nervios, de la incertidumbre, de la sorpresa. Y de
los nombres, pensé yo sin abrir la boca. Doña Rosa, la de la vuelta, andaba de
aquí para allá limpiando cosas y una prima de mamá, medio tonta la pobre, no de
ahora, la ayudaba, y ninguna de las dos parecía haber dormido en los últimos
días, como papá y tío José. Al fin, el único que debía haber velado para
sorprender al pájaro de alas negras, era el único que se había dormido.
El desayuno lo prepararon los hombres y lo
tomamos de pie, como correspondía a las circunstancias, en el medio del patio,
ya que todo lo demás estaba ocupado por mejunjes, palanganas, botellas y trapos
sucios vueltos del revés. Usamos una silla como mesa y se notaba que de estos
menesteres ellos no entendían mucho, ni reparaban en las costumbres habituales,
esas que mamá respetaba como liturgia. Eso explica que me sirvieran un vaso de
leche caliente con la superficie llena de nata pegajosa y densa. Venciendo el
asco que me producía de solo mirarla, les tuve que decir que yo no tomaba más
leche sola y mucho menos con nata. Ellos se reían como si cada palabra que
dijera fuera un gran chiste y después de eso me sirvieron una tazona de té muy
azucarado. Supuse que las risas se debían a la alegría natural del
acontecimiento y me tomé el desayuno sin decir nada más. En un momento me
pareció que el aire se oscurecía y volví a ilusionarme con mi gran pájaro de
inmensas alas negras, pero no fue más que una nube pasajera que en nada
enturbió esa mañana perfecta. Y allí estábamos los cuatro parados tomando té
muy cargado y puro y eso me hizo sentir que éramos indestructibles y que casi
no necesitábamos a nadie más.

LA MAÑANA PERFECTA DEL PÁJARO DE ALAS NEGRAS 13/XII/13.
ResponderBorrarPrecioso cuento. Los deliciosos pensamientos de la criatura repletos de ingenuidad me conmovieron; también me gustó la justa descripción de cada uno de los personajes y de los ambientes. Lamenté que el cuento no continuara.
Inesita Greco
Muchas gracias por tu comentario. En realidad sí continúa pero en otros cuentos desperdigados por ahí, un par de ellos en el libro de cuentos La Goleta en el Mar del Norte, que vos tenés. Me gustaría que verificaras y agregues tu parecer.
BorrarJorge Mirarchi