IMPRESIONES
Una nota, una nota aislada en el silencio de la noche. No,
tal vez hay que cambiar el escenario: una nota, una nota aislada en la escalera
en penumbra. Escalera solitaria. El escalón que se alcanza a ver está revestido
de mosaico amarillo con dibujos geométricos – grecques – en un tono casi rojo,
algo desvaído por las pisadas. Aparentemente muchas pisadas -¿será la escalera
de una estación de subtes? – Una nota aislada sonando con persistencia en la
memoria auditiva de alguien. Subiendo un escalón. Nada.
El aire está impregnado por el
perfumes de las flores de lavanda que bordean el camino. Qué no daría el amante
de las flores por encontrase en el prado de amapolas rojas, pintadas con breves
trazos de pincel, nerviosos trazos en medio de un silencio verde, matizado,
salpicado de sol. La nota es cantarina, pura. El sentido está vacío, apto para
ser llenado por las voces de niños, por las carreras locas de un perro de lanas
y el rebotar incierto de una pelota de gajos rojos y amarillos.
La tarde se inclina a occidente,
la nota es grave, adulta, prolongada. El sol desaparece en la colina distante y
el aire se tiñe de un dramático rojizo amarronado. En los bordes del campanario
un filete de sol persiste aferrado en el borde broncíneo de la campana. Si el
campanero quisiera ¡qué nota aturdiría el ánimo ya alicaído por el crepúsculo!
¡Cómo saltaría de un lado al otro, columpiándose, el reflejo de la última luz
del día!
Y en la escalera, en la penumbra
creciente, una bolita de vidrio salta de escalón en escalón, hundiéndose hacia
abajo, en un arpegio de agudos desvaneciéndose a medida que se alejan hasta
desaparecer en lo profundo del silencio.
Así la noche gana la partida por
unas horas, mientras a lo lejos apenas se perciben unos tonos bajos que
resuenan sin apagarse del todo. Son las notas nocturnas que pretenden llenar la
oscuridad con amenazas para que los desvelados no consigan conciliar nuevamente
el sueño y se mantengan con los ojos casi muertos pegados al negro telón en
espera de lo que, seguramente, no vendrá.
Nadie puede saber lo que vendrá.
Hasta el amanecer que resuena una
seguidilla de rápidas notas trepando la escalera de la luz, agudas, ágiles, que
rebotan en cada superficie que va tocando el sol en su recorrida esperanzadora,
haciéndose eco en las paredes que se interponen en su camino zigzagueante y
¿alegre?
Un sol, el de siempre, que
disuelve la escarcha en el pasto sufrido, que evapora la bruma con un gesto de
prestidigitador que no permite visualizar sus trucos, su método, tan progresivo
y lento que no parece variar nada cuando está variandolo todo, y que simula
estar, mientras tanto en otra cosa, su sempiterno desplazamiento por una
geodésica no escrita, no dibujada, casi
inmutable como la idea de dios.
Es un nuevo día.
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