PAÑOLETA
El azar de una esquina no puede
negarse, se impone como una sentencia y el hombre de gabardina gris enciende su
cigarrillo justo en la ochava, haciendo pantalla con las dos manos, pues es sabido que en las
esquinas el viento apaga todos los
fósforos que se le atreven. El hombre, Juan, tal vez ha pensado: “Justo aquí se
me ocurre prender un cigarrillo.” O quizás en vez de “un cigarrillo” ha pensado
“el cigarrillo” pues como ha decidido dejar de fumar y éste es conscientemente
el primero del día, es más correcto llamarlo “el” y tener esa mala conciencia
de haber caído otra vez en el vicio. Ya se ha alejado de la esquina y ha pitado
un par de veces, con lo que su ánimo ha mejorado un poco, a pesar de la pequeña
derrota que lo ha dominado. Unos pasos
más allá se cruza con una vieja enfundada en una pañoleta que le hace recordar
a su madre. Cómo fumaba la vieja en sus últimos tiempos. Parecía no querer
desperdiciar el tiempo que le quedaba y que ella –y todos – sabíamos que era
corto. Se encogió de hombros y se volvió: la vieja de la pañoleta se había
detenido en el umbral de una casa y luchaba contra la manija que al parecer no
cedía al movimiento.
“Siempre me pasa lo mismo. Debo recordar decirle a Rubén que arregle la
cerradura.” Se ajustó la pañoleta para resguardar su garganta de frío. No
estaban las cosas como para enfermarse y mucho menos tan lejos de fin de
mes. Esta puerta necesita de pintura
porque un tiempo más así y se va a podrir toda la madera. Pero Rubén no puede
hacerlo todo. No se a quién pedirle ayuda. Hoy día todo el mundo mira para
adentro y nadie hace nada por nadie. Qué estará haciendo ese tipo de traje,
parado en la mitad de la vereda y mirándome. Tiene pinta de platudo, ése no
tendría problema con la puerta, ése ni siquiera pensaría en arreglarla…la
cambiaría por una nueva. Sin pensarlo.
¿Qué está haciendo Haydeé en la puerta de la casa, con el frío que hace?
Esta mujer está cada día más loca. Vamos Mota, a ver qué se le ocurrió ahora.
Tira de la correa de la perra negra que lo acompaña y en dos zancadas llegan
hasta la vieja.
Rubén, qué suerte que llegaste. No puedo con esta puerta. Fijate. Dame la
correa, te tengo la perra mientras.
Rubén le da un empellón a la puerta y ésta cede con un crujido de madera
podrida. En cuanto se abre surge del interior un cuzquito insignificante que
despliega una sinfonía de ladridos, aparentemente todos dirigidos a la perra de
Rubén, que lo ignora olímpicamente.
Por la calle aparecen dos ciclistas, un muchacho y una chica, que al pasar frente
a ellos gritan a dúo: Chau Rubén, Chau
Haydeé.
La vieja saluda con la mano y entra en el oscuro zaguán.
Rubén tira de la correa y sigue su camino.
Pasa al lado del hombre de gabardina gris que sigue en el mismo lugar,
fumando.
Para llegar a su pieza debe atravesar un largo corredor oscuro que termina
en una puerta. Pasando la puerta se abre un patio y un escalera de metal al
costado que lleva a su cuarto. Todos los días hace por lo menos tres veces ese
camino, suba y baje incluido. Y cada vez no puede evitar el pensamiento de
hasta cuando tendrá las fuerzas suficientes para afrontarlo. Y el lugar dónde
se producirá la crisis: arriba, en su cuarto, en su territorio, o abajo, en cualquier lugar ajeno, en el
territorio de quién sabe quién.
Bueno, pero ahora está a salvo, por el momento. Enciende la lámpara y lo
primero que ve es la mancha azul del manto de la virgen de terracota de su
mesita de luz, un color que siempre consigue apaciguar sus inquietudes. Luego se dirige a la ventana y abre la cortina
para que entren los últimos resplandores del día. Parece satisfecha y apaga la lámpara. Por la
ventana aparecen los techos de las plantas bajas vecinas, con sus manchones de
alquitrán y los recortes de chapa de innumerables y sucesivas reparaciones. Es un
espectáculo que nunca se cansa de observar y que está como grabado en su
cerebro acompañado por un a tranquilizante sensación de dejá vú eterno e
inviolable.
A veces piensa, aunque no está segura de que sea ella la que piensa esas
cosas, que le gustaría que los techos
fueran transparentes para ver las vidas
de los otros desarrollarse a sus pies como en un teatro, sin diálogos, sin
palabras pero no perder ninguno de los gestos y los ademanes y todas las alternativas visibles de las relaciones
de los otros, hasta las más escabrosas o las más violentas y suponer por lo
visto lo que realmente sucede entre esos seres que se desenvuelven unos pasos
más allá. Le gustaría saberlo todo sin
intervenir, sin tener que pagar los platos rotos ni sufrir por ello. Alguna vez pensó que sería bueno tener un
televisor en su pieza pero terminó decidiendo que no era para ella, una
tecnología superior a su propia época. Mejor los techos transparentes, hasta
que se lo ocurriera algo mejor.
El tipo apagó el cigarrillo pisándolo y consultó su reloj: no venía nadie,
nadie había aparecido, no esperaba a nadie. La ecuación cerraba perfectamente.
No era necesario pensar más en el asunto, tan solo dejarse llevar por la fuerza
de las cosas que aparentemente encajaban perfectamente con lo que era dable
esperar de ellas, por lo menos a su respecto, ese cerco perfecto de causa y
efecto, esa certidumbre tranquilizadora y bastante amigable. La lejanía de los
recuerdos fungía de amable protección, salvo alguna intromisión azarosa, como
la mujer de la pañoleta, que le llevaba a algún lugar lo suficientemente remoto
como desecharlo con un simple encogerse de hombros. O así lo creía.
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