martes, 9 de julio de 2013

EL  ANTI  PROUST
 

Acerca de la memoria; acordarse de olvidar, olvidar todo.  Olvidarlo todo, una liberación completa, total, del recuerdo. ¿Para qué recordar?  ¿Sirve de algo?
El recuerdo es un sufrimiento inexplicable, inútil.
Hay que olvidar, entrar en la densidad opaca del tiempo y disolver toda necesidad, deseo o nostalgia por el recuerdo, por el pasado.
Y así no saber nada de los amigos muertos, de los padres muertos, de los que se han ido, de los traidores, de los falsos, de los hipócritas, de los perversos, de los que olvidan y de los que recuerdan, de esos que, aunque no los recuerdes, han tenido una existencia probable.
Ah, soledad llena de sol, cómo te deseo cada vez más.
La cenizas son el testimonio del fuego pero también del fin del fuego, de su consumación, y regadas al sol, en un campito verde o en un desierto amarillo son una bendición sin fecha de vencimiento.


*



jodidas ventanas que dan al crepúsculo
miradores desguarnecidos
donde el futuro se  refleja
sin conmiseración
las manos sobre el marco de madera
gastado hasta lo indecible
la vida inmisericorde
y el sol
el fugitivo
ocultándose
borrando la idea de ventana
borrando la noche
disolviéndola en la oscura turbulencia
de las fieras desatadas en la
libertad
de la jungla a dentelladas
confusas
afuera
como si todo debiera resolverse
--y se resolverá –
en unas horas
pocas
antes del amanecer




*


He olvidado el rielar de la luna en min taza de té, en la penumbra de una escalera que supongo, porque no recuerdo
llevaba a mi pieza, en el entrepiso, quizás a medio camino a la azotea de esa olvidada casa de la calle Cochabamba
que ya no existe probablemente, modificada o destruida por sus nuevos dueños, otra gente desconocida que compraron la casa una maladada mañana en un Banco del Once, Banco de la Ciudad –ex Municipal- sucursal Once
una pareja joven que comenzaba su vida conyugal justo comprando esa casa de la que no recuerdo prácticamente nada, ni cómo era, ni los que vivieron allí cuando yo que tampoco recuerdo, no estoy muy seguro de haber dormido mi larga adolescencia entre esas paredes tan antiguas, anteriores a mí mismo, anteriores a mis propios padres, donde probablemente sería lógico que ellos hubieran pernoctado en ella por años, hasta mucho después de mi ida, y que por esas reglas curiosas que rigen esos tiempos desconocidos vinieron –las paredes- de nuevo a mis manos, que desesperados no quisieron tomarlas y buscaron deshacerse de ellas – de las paredes y de la propia casa-  lo más pronto posible, aunque de todas maneras la burocracia impuso sus  dilatados tiempos, ayudándome a olvidar y vaciando la casa, en la que ya no vivía, hasta de los olores que podrían –como la maldita magdalena- ayudar a un recuerdo de cual aborrezco, y volviéndola completamente irreconocible y ajena, hasta que pude deshacerme por fin ella, sin volver a verla ni por un segundo.  Ahora otros construirán en ellas mejores recuerdos y superiores olvidos y sus absorbentes paredes perderán toda huella de ese paso mío que ya no recuerdo y que a mí concierna.
Es así la historia de las cosas humanas: una imposibilidad de origen, un oximorón galopante, una contradicción en esencia.  La historia es una traición que cuanto más pertinaz más verdadera, más justificada: Y sin considerar la historia social, aun más perniciosa que la individual y menos justificada, más llena de errores, de monstruosas deformaciones que no conforman a ninguno de los involucrados y que no sirve a los fines de saber nada de todo aquello que no haya sido tenido por la consciencia de cada cual y aun  de lo meramente presente todavía en los sobrevivientes de lo acontecido, que mal pueden recordar los hechos que los  liguen a sus contemporáneos, con los cuales siempre han tenido sus diferencias, de apreciación, de visibilidad y de registro, ni qué decir de intereses, por lo cual cada una ha conservado, si es que ha conservado algo;  cada uno una historia distinta, una peripecia personal, tan disímil de las otras como si hubieran sucedido en otra época, en otro suburbio, en otra ciudad y a otra hora.
Que en esto de recordar hay una gran falacia, un constructivismo imaginativo e inocente, que cree poder operar sobre esos insignificantes indicios de la mente para recuperar recuerdos “valiosos” o “significativos” y levantar sobre ellos cascadas de episodios coaligados o desligados, muy comprometedores con  la historia personal de los causantes.  Son como las viejas fotografías familiares ante las cuales uno se dice inmediatamente “quién carajo son estos tipejos sonrientes y seguros de sí mismos que parecen estar invitándome a ingresar con ellos en la cartulina o también teniéndonos del brazo a una figura que pueda atribuírsenos” tomándose libertades o familiaridades que desde luego nosotros no estamos en posición  ni disposición de permitirles o consentirles ni ahora ni antes ni en el  momento imposible, fantástico e imaginario de la toma.
No hay derecho a trabajar con esas reglas, ni a jugar, ni uno debe caer en la trampa de esas fotografías por más venerables que quieran presentarse. Son pura ilusión, es puro nitrato de plata sobre la superficie de la cartulina, una capa insignificante distribuida aleatoriamente sobre la cara del papel o cartulina, y ésta misma no es más que una baraja de tarot, disimuladamente introducida en la historia de un individuo y queriendo ser interpretada gratuitamente como provocada, justificada y asumida por el causante.  Puras pamplinas, malas artes, juego sucio. Fantasmas agitados en la penumbra de unos ojos estragados por el tiempo, la fatiga y ese sentimentalismo que acontece con la edad y que se acentúa con el acercamiento a los límites.

Hay que desmarcarse, servirse una copita de ron y mirar el atardecer sin mucho cariño y sin involucrarse en él.

lunes, 8 de julio de 2013

LAGARTO FRÍO

                           lagarto frío
                                               bosque húmedo
                                                               solitario
                                               hojarasca podrida
                                               faroles quemados
                                               por la lluvia
                                               y el viento
                                                                 cruzado
                                                            inclemente


                                                       comprender despacio
                                                       que el atardecer
                                                       ha llegado
                                                       en el peor momento


                                               que un instante
                                               en el vasto mundo
                                               es igual a cualquier
                                                                            otro
                                                                        instante



                                                        y que la esperanza
                                                        es solo una palabra
                                                        que hoy
                                                                        ya no pronuncio


julio 2013

domingo, 23 de junio de 2013




LA  RAIZ  DEL  COSMOS







 

           Si el hombre no tuviera  conciencia de lo eterno; si el origen de todas las cosas fuera solamente un poder salvaje y efervescente -que retorciéndose en sus oscuras pasiones lo producía todo, tanto lo que es grandioso en el mundo como lo fútil-; si un vacío sin fondo, nunca ahíto, se agazapase en la raíz del cosmos, ¿qué sería entonces la vida sino desesperación? Si todo sucediera de ese modo, si no existiera ningún vínculo sagrado que atase a la humanidad, si las generaciones se renovaran simplemente como lo hace el follaje en los bosques, o si unas tras otras fueran extinguiéndose como el canto de los pájaros en la selva, o si meramente cruzaran por la tierra como las naves por el mar y los vientos por el desierto ciego y estéril, y si al eterno olvido no se enfrentara otra potencia capaz de liberarnos de sus fauces hambrientas y devoradoras, ¡qué sería entonces la vida sino pura vanidad y horrible desolación?  (Soren Kierkegaard, Diario de un Seductor, Elogio de Abraham, pag.22, Ed. Guadarrama)


       Y qué se debe decir: lo lamento por él, y por mí, por todos nosotros, lo lamento, la vida es efectivamente pura vanidad y horrible desolación, somos el follaje caduco de los bosques, somos el canto de los pájaros ciegos en los valles sin eco, somos las olas del mar encrespándose bajo los vientos que tienen nuestra esencia innumerable y finita, los vientos caprichosos e infieles en los amaneceres del desierto, en el arenal infecundo, en las grietas secas por toda la eternidad.
           Pura vanidad y horrible desolación, solamente desesperación, no en la raíz del cosmos sino en el interior desconocido de cada ser humano, en la efervescencia de las pasiones inútiles, en las grietas de luz del pensamiento, de la reflexión vana o en la oscura esencia de los actos inexplicables, que nos llevan hacia lo más impenetrable del atardecer, hacia la hora liminar del día, cuando ya no queda ni el más pequeño filamento de esperanza y la noche se enseñorea en nosotros.
            Pura vanidad y horrible desolación, en todos los rincones, en los huecos donde las ratas anidan con sus hocicos anhelantes y sus orejas alertas, bajo las lajas húmedas donde los insectos proliferan ondulando antenas en su actividad incesante y misteriosa, en las ramas desnudas de los árboles donde un aguilucho destroza a picotazos a un pichón indefenso. O en el mar inaccesible, donde reina el terror de los más fuertes, de sus silentes mandíbulas o de sus tentáculos de asfixia.
           Pura vanidad y horrible desolación, bajo la lluvia, patinando en el barro, en los morros o en la ciudad oculta, con las luces de las avenidas al alcance de los ojos, en las goteras, en la tos, en el hambre, en el frío, en la mirada suplicante de los niños, en la incomprensión en los ojos de los niños, en las lágrimas de pus y de violencia, en la ropa destrozada, en los miembros quebrados, en la suciedad y la mugre, en la gratuita muerte que golpea dondequiera, siempre primero en lo más débil.
            Pura vanidad y horrible desolación en los rayos del sol sobre los vitraux de las catedrales, en el manto recamado y terso de los obispos, en las casullas doradas de los oficiantes, en los reflejos áureos de los cálices consagrados, en el aroma del vino, dulce como la sangre, cálido como la sangre, en las bendiciones mansas, en los sacramentos olvidados y en las penitencias de los arrepentidos que suelen no saber nunca por qué.
           Pura vanidad y horrible desolación en las trincheras y los terraplenes, en la niebla venenosa de los pantanos, en la impunidad de los lugares cerrados, alejados de las miradas de los otros, los lugares acondicionados y vigilados, los lugares aherrojados, los lugares electrificados, los cubículos de las fieras cebadas, de la carroña, de la ignominia, de la vergüenza, del crimen de lesa humanidad.  Los lugares del olvido, los lugares de la desaparición y de la muerte innumerables, las tumbas anónimas y los huesos disolviéndose, quién recordará alguna vez sus nombres, sus sonrisas, sus ideas o sus intenciones y sus amores, quién podrá decir que pasaron por donde pasaron y por qué lo hicieron, para qué sirvió su vida sin memoria y su muerte de dolor y de espanto.  Pura vanidad y horrible desolación.  Pura vanidad y horrible desolación, dibujos inescrutables en la marea de los tiempos, en el torbellino de las galaxias, en un remoto rincón insignificante y sin nombre más que para sus desconcertados pasajeros, imposibilitados de pronunciarlo nunca, pesadilla de un dios imaginado, sueño de sus mentes desfallecientes y febriles.
          

           Pura vanidad y horrible desolación, padre Abraham no apuntes contra mí tu cuchillo, no es mi culpa que la fe no sea mi compañera, que la escuálida razón no me deje acompañarte, solo tendrá que cruzar tus puentes, solo vas a encontrar lo que tengas que encontrar, padre Abraham.  Los hijos son siempre adelantados de lo nuevo que no te incluye, que no te tiene en cuenta, pero que, finalmente, tendrás, tendremos que pagar.




 
        

miércoles, 5 de junio de 2013

TEXTOS BREVES


UN  AVE  CARNICERA  Y  UN  ESPÍRITU MALIGNO


Un ave carnicera y un espíritu maligno sobrevuelan nuestros paseos cotidianos, nuestros actos y costumbres. A veces alguno de nosotros un poco más avispado se sobresalta como si intuyera la presencia indescifrable.  Pero no pasa de una sensación efímera y prontamente olvidada.
El espíritu maligno afianza sus garras en la indiferencia de las gentes, en su distracción congénita, y el ave carnicera moja su pico de acero en el jugo siempre abundante de los condescendientes y de los sobornables.
En la ciudad, las sombras amenazantes del ave carnicera y del espíritu maligno se confunden con la desmemoria y con la sombra de los ausentes, que pululan en silencio entre nuestra buena gente, que la enceguecen y la empujan al sueño, que persisten con empeño y que finalmente serán una con el ave carnicera y el espíritu maligno.
El reino va a terminar y la presencia del mal dominará la noche.







 
                                                                             VISIONES



    Borges habla en el poema Límites de las ocasiones, de su ubicación en el devenir de la vida, cuando uno casi nunca puede saber cuál es la última vez que ve algo, o es visto por un espejo, por ejemplo, o hace algo o deja de hacerlo. Y nombra el caso aterrador de una mesa llena de libros donde “alguno habrá que no leeremos nunca”.
   Pavese, en su diario, menciona en cambio otro momento tan liminar como el de Borges y es aquel de la primera vez en que uno vio algo y si lo que bastaba en aquella primera vez -el estupor, el éxtasis fantástico- ahora es suficiente, o si se exige otro significado y se pregunta cuál puede ser.
   Y entre uno y otro poeta sabemos que cada cosa es siempre la primera y heracliteanamente también la última, porque ni ella ni nosotros vamos a poder ser los mismos la próxima vez, si así puede ser dicho, y si hubiera próxima vez.  Es decir que no se ve la primera vez, ni las subsiguientes ni la última, porque ¿qué es lo que estamos viendo? Ver es comparar y si siempre es la primera vez, asombro contra asombro ¿con qué estamos comparando? Solamente abrimos los ojos tanto como lo permite nuestra sorpresa y creemos ver. Y eso que vemos no vuelve a presentarse jamás por lo que puede decirse que es la última vez que lo vimos y con ese recuerdo presente de la última vez, quién se atreve a comparar, si ya lo estamos olvidando, si  los rasgos de la cosa se están desdibujando, se disuelven en el aire melancólico de la tarde.
                  Todo lo mejor que se puede hacer es encaminarse hacia el barcito ése del               boulevard, el que tiene las mesitas afuera, sentarse allí en el fresco de la sombra de los árboles y pedirle al mozo pelirrojo, que cojea de la pierna izquierda, un aperitivo y unos platitos bien surtidos y tratar de gozar del atardecer que se avecina.










                                                        SUEÑOS   I




   Y de pronto se puede también soñar sin ser una mariposa o sin ser un emperador. Y se puede también despertar sin saber quién soy, lo cual es muy malo. O despertar sabiéndolo, lo que es infinitamente peor.



miércoles, 29 de mayo de 2013

VENGANZA

                                         VENGANZA





No pude hacer pié y caí.
Debo explicar muy bien esta frase para que se entienda sin sombra de duda, por qué y qué significa realmente puesto que son múltiples, casi infinitas, las situaciones que pudieron darle origen y sentido, y sólo me interesan las que me pertenecen y que me obligaron a pronunciarlas o tal vez simplemente a pensarlas, sin emitirlas en voz alta, o mascullarlas en voz baja y apretada.
Y además averiguar qué relación guardan – si la guardan – con el título que las antecede y que no parece relacionarse con ellas de ninguna manera.. Es inahabitual para mí comenzar algo de esta forma tan verborrágica y confusa, y en esta situación extrema mi embarazo contribuye a oscurecer mis argumentaciones, aun antes de haberlas pronunciado.  No veo  cómo salir de semejante atolladero – más parecido a un campo de arenas movedizas que al principio de un escrito que se titula con gran expectación Venganza – aunque no es seguro que ése sea un título – no veo otra forma más que desechar lo que antecede y comenzar de cero otra vez – lo que, entiendo ahora, guarda un gran parecido con la propia vida, ya que continuadamente estamos comenzando de nuevo, sin entender lo que pasó antes, sin saber muy bien cómo se ha llegado hasta allí, ni lo que – eventualmente – signifique o vaya a significar el hecho o la decisión de empezar de cero otra vez.
Empezar de cero no es tampoco una consigna muy aceptable o deseable, pues cómo sería posible volver a cero, si es que alguna vez pudimos serlo, lo que no es seguro, para recomenzar sin conservar algo de lo anterior, sin vestigios de un tiempo que indudablemente fue anterior a éste, en el que intentamos recomenzar. En sí mismo el        re-comenzar  ya está postulando algo anterior, que no es nada pues es, no es cero y no se puede hacer pié en eso para comenzar de cero.
¿Cómo decía yo?  No pude hacer pié y caí.
Evidentemente es una descripción rápida de una situación incómoda.
¿Cómo llegué hasta allí?
¿a no hacer pié?
¿resbalando por el borde del fangal?
¿queriendo dar un salto y superar el momento insoportable?
Además y al parecer, la cosa había pasado ya, el tiempo del verbo anunciaba que la caída se había producido, entonces ¿dónde estaba yo ahora, después de la caída?  ¿en el fondo de un pozo?  ¿en la cuneta de una calle?  ¿en una tumba sin nombre?  ¿qué significaba en realidad  ahora, esto de haber caído?  ¿y la venganza?  ¿cuál era su papel en este abanico de incertezas?  ¿una venganza dudosa?  ¿o un tiempo de dudas y de titubeos?  ¿titubeos funestos, pues no se puede dudar en el fondo de un pozo o en una tumba sin nombre?  Otra, la venganza supone ira, enojo, deseos de devolver golpe por golpe, pero ¿cuáles golpes?  ¿a quién?
Caí
¿Caí?  ¿habré caído cuando creí caer?
¿La caída será mi magdalena con su taza de tilo?
Para eso debería la caída remitirme a algo anterior, cosa que por ahora no sucede. Caídas anteriores hubo, sin duda.  Recuerdo una de las primeras jugando a la rana, al saltar yo Arturo dio un paso al costado y como no tuve su espalda como apoyo me fui de cabeza al adoquinado de la calle Cochabamba.  Un corte de tres puntos en el entrecejo, una cicatriz que turbó mi preadolescencia, un karma tan estúpido visto desde el presente, como implacable para entonces.  ¿Arturo? Bien, gracias.  ¿Venganza? Un poco tarde y desproporcionado para festejos.
¡Otras caídas?  Hubo, hubo, tal vez no tan físicas, pero las hubo y todas, a su manera y en su momento, dolieron.  Pero nada que ver con venganzas.  Todas las caídas fueron por mi propia culpa, casi no es necesario aclararlo.  Todas las caídas refieren al mismo tipo que cae.  Por acción o por omisión.
Volvamos al principio:  ¿cómo era?
No pude hacer pié, y caí.
Triste historia, una imagen deplorable, un tipo más o menos viejo, trastabillando y finalmente cayendo. Los espectadores están tentados a decir:
- Y... se veía que iba a caer.
- Era de dios que caería.
- Estuvo a punto de equilibrarse pero al final, cayó nomás
- Yo no sé qué pasa con esta gente, si no tiene equilibrio, para qué sale de su casa.  Y para peor sin compañía.
- Usted vio que al final se cayó. Si, se cayó, cuan largo era. O corto, según se mire.
Ahora con tantos testigos y opiniones, cómo se explica que no sepamos por qué y dónde, y qué pasó después.
Sabemos que no se puede confiar en testigos, cada uno ve algo distinto. Pero, el propio interesado, yo mismo, saber menos que ellos es trágico, imperdonable, y encima el asunto de la venganza para complicarlo todo.  No, es tragicómico, casi no lo soporto.
Volvamos a las fuentes,.  Caer viene del latín cadre, del que se deriva, caduco.  O sea, cae lo que está caduco, finiquitado, algo perecedero que perece, que se convertirá en nada, en cero, muy pronto.  Y venganza viene también del latín, vindicare, reclamar, librar, vindicar, tomar revancha, de lo que deriva devengar: reclamo lo que me deben. O sea que para que haya venganza debe existir una deuda previa, que uno, el perjudicado, reivindica y finalmente cobra.  Cobra o cae.
Y es lo que casi siempre ocurre y lo que cobra es el porrazo que se da al caer.  ¿Sería éste el caso?
A esta altura a mí me resulta fascinante la frase anterior que parece aclararlo todo y sin embargo no aclara nada.  No tengo la menor idea ni un mínimo recuerdo de que se me debiera nada y estuviera a punto de cobrar cuando caí.
Simplemente perdí el pié y caí.
Hay cierta lógica en decir “no pude hacer pié y caí”  o  “perdí el pié y caí”.  Porque si no lo pude hacer (al pié) lo perdía antes de haberlo hecho.  Pero todas son frases: miro hacia el piso y mis dos pies están allí, inmóviles, desentendidos, como si no tuvieran nada que ver, no sólo con estas palabras, sino conmigo que estoy unido a ellas a través de las piernas, que también están inmóviles y silenciosas, como si nada de todo esto tuviera que ver con alguna de ellas dos, o con sus extremidades, los pies, unidos a ellas irremisiblemente, enfundados en unas zapatillas de lona blanca que contribuyen a su anonimato.
Debería dejar esto para otro momento, algo más luminoso que el presente, ya que no hago más que dar círculos alrededor de lo mismo, sin ningún avance.  Es interesante eso de dar círculos – sin mover los pies – dar un círculo tras otro y estar en el mismo lugar aunque esta enunciación es muy engañosa, porque no se está en el mismo lugar aunque parezca estarlo, puesto que el tiempo está pasando giro tras giro y ya se sabe – Heráclito y todo eso del río mediante – que no se baja dos veces al mismo río; ni el río es el mismo ni nosotros lo somos, por más que los círculos sean todo lo viciosos que uno  quiera.. Justamente es un vicio de la imaginación esto de dar círculos y creer al mismo tiempo que uno no se mueve del lugar.  Es un vicio de la imaginación creer que uno cae, o cayó, o está cayendo permanentemente sin llegar a ningún fondo, sin terminar en ninguna tumba sin nombre; uno, en realidad, cae – si cae – y llega a algún lugar dónde se estampa contra algo, lo quiera o no, y ahí, ahí, termina la caída.  Y finalmente - si la caída no terminó con uno – uno se incorpora y empieza a salir de donde cayó: para los costados o para arriba o hacia algún lugar menos inhóspito y menos solitario. Y eso, definitivamente, es tener suerte.  Incorporarse y salir.  Salir al encuentro.  Y encontrar a alguien.  Es mucha suerte, muchísima. ¡Encontrar a alguien! Es casi impensable tener tanta suerte.

In memoriam  Susana Silvestre.




PD. Quien terminó sus días arrojándose por una ventana a causa de la ira incontrolable derivada de un cáncer de pulmón provocado por su afición a fumar.

viernes, 24 de mayo de 2013

 LETRAS   DE  TANGO
                                                                                                                   LETRAS  DE  TANGO

Inauguramos esta nueva sección, dedicada sobre todo a amigos de otras latitudes, tal vez no tan en contacto con esta poesía ciudadana de Buenos Aires, como así también a los porteños o bonaerenses muy jóvenes que la ven como expresión de un tiempo que no es el de ellos.
En mi juventud, en el barrio de San Cristóbal, de esa ciudad, hace tanto tiempo que no quiero recordar, en cada cuadra había un conventillo lleno de frustrados metafísicos que daban salida a sus angustias a través de una letra de tango, en la que convertías sus diarias penurias en versos melodiosos y no tanto, que algún amigo guitarrero o pianista  ponía música canyengue e inolvidable. Así nacieron muchas de estas verdaderas poesías que iremos mostrando en adelante.


¡CHE PAUSA, OÍ!...

                                                Che pausa, oí
                                                Los acordes melodiosos que modula el
                                                                          bandoneón;
                                                Che papusa, oí
                                                Los latidos angustiosos de tu pobre corazón;
                                                Che papusa, oí
                                                Cómo surgen de este tango los pasajes de
                                                                          tu ayer...
                                                Si entre el lujo del ambiente
                                                hoy te arrastra la corriente, 
                                                mañana te quiero ver...

                                                Milonguerita linda, papusa y breva,
                                                con ojos picarescos de pippermint,
                                                de parla afranchutada, pinta maleva
                                                y boca pecadora color carmín
                                                engrupen tus alhajas en la milonga
                                                con regio faroleo brillanteril
                                                y al bailar esos tangos de meta y ponga
                                                volvés otario al vivo y al reo gil.
                                                                                                              Enrique Cadícamo


                                                               LA  CASITA  DE  MIS  VIEJOS

                                                 Barrio tranquilo de mi ayer,
                                                 como un triste atardecer,
                                                 a tu esquina vueLvo viejo...
                                                 Vuelvo más viejo,
                                                 la vida me ha cambiado...
                                                 en mi cabeza un poco de plata me ha 
                                                                     dejado.
                                                 Yo fui viajero del dolor
                                                 y en mi andar de soñador
                                                 comprendí mi mal de vida,
                                                 y cada beso lo borré con una copa,
                                                 en un juego de ilusión repartí mi corazón.

                                                 Vuelvo vencido a la casita de mis viejos,
                                                 cada cosa es un recuerdo que se agita en mi
                                                                     memoria,
                                                 mis veinte abriles me llevaron lejos,
                                                 locuras juveniles, la falta de consejos,
                                                 hay en la casa un hondo y cruel silencio
                                                                     huraño
                                                 y al golpear, como un extraño, 
                                                 me recibe el viejo criado...
                                                 Habré cambiado totalmente, que el anciano
                                                                     por la voz
                                                 tan sólo me reconoció...

                                                                                                            Enrique Cadícamo



                                                          LA ÚLTIMA  CURDA

                                                  Lastima, bandoneón,
                                                  mi corazón, 
                                                  tu ronca maldición maleva...
                                                  Tu lágrima de ron
                                                  me lleva
                                                  hasta el hondo bajo fondo
                                                  donde el barro se subleva.
                                                  ¡Ya sé, no me digás! ¡Tenés razón!
                                                  La vida es una herida absurda,
                                                  y es todo tan fugaz
                                                  que es una curda, ¡nada más!
                                                  mi confesión


                                                 Contame tu condena,

                                                 decime tu fracaso,
                                                 ¿no ves la pena
                                                 que me ha herido?
                                                 Y hablame simplemente
                                                 de aquel amor ausente
                                                 tras un retazo del olvido.
                                                 ¡Ya sé que te lastimo!
                                                 ¡Ya sé que te hago daño
                                                 llorando mi sermón de vino!


                                                 Pero es el viejo amor

                                                 que tiembla, bandoneón,
                                                 y busca en el licor que aturde,
                                                 la curda que al final
                                                 termine la función
                                                 corriéndole un telón al corazón-
                                                 Un poco de recuerdo y sinsabor
                                                 gotea tu rezongo lerdo.
                                                 Marea tu licor y arrea
                                                 la tropilla de la zurda
                                                 al volcar la última curda.
                                                 Cerrame el ventanal
                                                 que quema el sol
                                                 su lento caracol de sueño,
                                                 ¿no ves que vengo de un país
                                                 que está de olvido, siempre gris,
                                                 tras el alcohol? 
                                                                                                             CÁTULO CASTILLO                                             
                                              
        


EMPEZAR  DE  CERO






                                       EMPEZAR  DE  CERO




Empezar otra vez de cero, como una petición de principio, un acto dialéctico primitivo y fundante, el olvido inmisericorde de un pasado al que no se le confía ni la melancolía ni la nostalgia contingentes y absurdas, ni un pequeño fragmento de ternura por lo vivido y sufrido.  Empezar otra vez de cero, ser un punto inicial en una teoría otra de los números, primeras páginas de una matemática de la duración, una utópica pero muy real desgrabación del disquete del tiempo, siempre en dirección al frente, a lo porvenir, a la incógnita pueril, a la esfinge sin secreto, a la repetición ab infinitum, porque sí, porque es necesario para no dejar nada vacío, porque hay que ser una especie de demostración de un teorema cuya hipótesis nadie hasta ahora se ha atrevido a formular.
¿Y después? Y después, miles de orgasmos después, se desea empezar otra vez de cero, claramente ambiguo, claramente anacrónico, mortuorio.  Empezar virgen otra vez la danza de la conquista, la rutina aún desconocida de la búsqueda, el ritual de la cacería, desde cero, desde el principio, un Dorian Gray tosco pero joven, siempre joven, cada vez un poco más joven, sin contrapartida pictórica, sin inconsciente, sin momento de la verdad.
Empezar otra vez de cero.
Sí.
Todos los días, todas las horas.
Empezar.

Otra vez.