viernes, 9 de agosto de 2013

POEMAS SUELTOS





alta noche fue la estirpe del dragón
no vencido ni existente
estuviste preparado en el combate
las armas oxidadas sin quebranto
la garganta seca en todo grito
y el silencio
de la muerte en la victoria





                                                                   *



                 CICATRICES


guardo en mi cuerpo las marcas que surcaste
en las tardes oscuras de los encuentros
huellas de los caminos arduos que inventamos
juntos
doble ánimo ligado sobre el sarcasmo ajeno
pesadilla tenue de escaleras y luces rojas
deudas impagas vasos de vino no escanciado
en la piel leve escozor
caricias
erosión del viento en los desiertos del hastío
arena movediza
sequedad de los músculos
ardiente soledad
arrinconada por tus brazos amigos


alguna cicatriz quedará en el tiempo
para la memoria inútil
para el desvelo
para comprender finalmente
que te fuiste



                           *



ceniza en el viento
llegaste una mañana cualquiera
guardabas en tu inocencia
mansedumbre antigua para la vida
tus ojos vinieron más tarde
con una sonrisa a cuestas
y tus pestañas nubladas
encerraron mi condena
en su noche de sueños












                HIGUERA
                                      



   Contrario a lo que lamentaba Rilke en su Elegía, la vida, no la elección ni el deseo, hicieron de mí el destino de la higuera, que da frutos sin florecer. Como el árbol nudoso, retorcido y rastrero, heme aquí sazonando mis días como esos frutos que cada año se hacen más pequeños y más sabrosos. Claro, nadie recuerda el árbol, nadie lo poda, tal vez una tormenta acaba con alguna rama más débil. Su progreso es lento, casi no se eleva, el ciclo de su vida es una parábola, ya en su rama descendente
     
     Pero en el apogeo de cada verano sus higos son cada vez más dulces y los pájaros, avisados,revolotean animadamente entre sus ramas.  ¿Llegará a saber la higuera su lugar en la economía de la naturaleza? ¿Podrá comprenderlo y al comprenderlo amar su trabajo? ¿Mejorará eso sus frutos?

     AMANECER



Acababa de amanecer y el cielo estaba limpio salvo una hilacha nubosa que lo cruzaba en diagonal y se perdía detrás del cerro del chivo.  Debido a la posición del sol su color era rojo anaranjado y seguía una geodésica perfecta.

A cada momento el cielo se aclaraba más y más; también la nube que se ensanchaba sin disgregarse y tendía a un blanco resplandeciente.

¿A qué se debía su presencia en esa mañana casi única?

¿Sería el rastro de un misil intercontinental que viajaba sin pausa hacia su blanco del otro lado del mundo?


¿Anunciaba algo? ¿O era el comienzo del fin?                                                                                                                                  

martes, 9 de julio de 2013

EL  ANTI  PROUST
 

Acerca de la memoria; acordarse de olvidar, olvidar todo.  Olvidarlo todo, una liberación completa, total, del recuerdo. ¿Para qué recordar?  ¿Sirve de algo?
El recuerdo es un sufrimiento inexplicable, inútil.
Hay que olvidar, entrar en la densidad opaca del tiempo y disolver toda necesidad, deseo o nostalgia por el recuerdo, por el pasado.
Y así no saber nada de los amigos muertos, de los padres muertos, de los que se han ido, de los traidores, de los falsos, de los hipócritas, de los perversos, de los que olvidan y de los que recuerdan, de esos que, aunque no los recuerdes, han tenido una existencia probable.
Ah, soledad llena de sol, cómo te deseo cada vez más.
La cenizas son el testimonio del fuego pero también del fin del fuego, de su consumación, y regadas al sol, en un campito verde o en un desierto amarillo son una bendición sin fecha de vencimiento.


*



jodidas ventanas que dan al crepúsculo
miradores desguarnecidos
donde el futuro se  refleja
sin conmiseración
las manos sobre el marco de madera
gastado hasta lo indecible
la vida inmisericorde
y el sol
el fugitivo
ocultándose
borrando la idea de ventana
borrando la noche
disolviéndola en la oscura turbulencia
de las fieras desatadas en la
libertad
de la jungla a dentelladas
confusas
afuera
como si todo debiera resolverse
--y se resolverá –
en unas horas
pocas
antes del amanecer




*


He olvidado el rielar de la luna en min taza de té, en la penumbra de una escalera que supongo, porque no recuerdo
llevaba a mi pieza, en el entrepiso, quizás a medio camino a la azotea de esa olvidada casa de la calle Cochabamba
que ya no existe probablemente, modificada o destruida por sus nuevos dueños, otra gente desconocida que compraron la casa una maladada mañana en un Banco del Once, Banco de la Ciudad –ex Municipal- sucursal Once
una pareja joven que comenzaba su vida conyugal justo comprando esa casa de la que no recuerdo prácticamente nada, ni cómo era, ni los que vivieron allí cuando yo que tampoco recuerdo, no estoy muy seguro de haber dormido mi larga adolescencia entre esas paredes tan antiguas, anteriores a mí mismo, anteriores a mis propios padres, donde probablemente sería lógico que ellos hubieran pernoctado en ella por años, hasta mucho después de mi ida, y que por esas reglas curiosas que rigen esos tiempos desconocidos vinieron –las paredes- de nuevo a mis manos, que desesperados no quisieron tomarlas y buscaron deshacerse de ellas – de las paredes y de la propia casa-  lo más pronto posible, aunque de todas maneras la burocracia impuso sus  dilatados tiempos, ayudándome a olvidar y vaciando la casa, en la que ya no vivía, hasta de los olores que podrían –como la maldita magdalena- ayudar a un recuerdo de cual aborrezco, y volviéndola completamente irreconocible y ajena, hasta que pude deshacerme por fin ella, sin volver a verla ni por un segundo.  Ahora otros construirán en ellas mejores recuerdos y superiores olvidos y sus absorbentes paredes perderán toda huella de ese paso mío que ya no recuerdo y que a mí concierna.
Es así la historia de las cosas humanas: una imposibilidad de origen, un oximorón galopante, una contradicción en esencia.  La historia es una traición que cuanto más pertinaz más verdadera, más justificada: Y sin considerar la historia social, aun más perniciosa que la individual y menos justificada, más llena de errores, de monstruosas deformaciones que no conforman a ninguno de los involucrados y que no sirve a los fines de saber nada de todo aquello que no haya sido tenido por la consciencia de cada cual y aun  de lo meramente presente todavía en los sobrevivientes de lo acontecido, que mal pueden recordar los hechos que los  liguen a sus contemporáneos, con los cuales siempre han tenido sus diferencias, de apreciación, de visibilidad y de registro, ni qué decir de intereses, por lo cual cada una ha conservado, si es que ha conservado algo;  cada uno una historia distinta, una peripecia personal, tan disímil de las otras como si hubieran sucedido en otra época, en otro suburbio, en otra ciudad y a otra hora.
Que en esto de recordar hay una gran falacia, un constructivismo imaginativo e inocente, que cree poder operar sobre esos insignificantes indicios de la mente para recuperar recuerdos “valiosos” o “significativos” y levantar sobre ellos cascadas de episodios coaligados o desligados, muy comprometedores con  la historia personal de los causantes.  Son como las viejas fotografías familiares ante las cuales uno se dice inmediatamente “quién carajo son estos tipejos sonrientes y seguros de sí mismos que parecen estar invitándome a ingresar con ellos en la cartulina o también teniéndonos del brazo a una figura que pueda atribuírsenos” tomándose libertades o familiaridades que desde luego nosotros no estamos en posición  ni disposición de permitirles o consentirles ni ahora ni antes ni en el  momento imposible, fantástico e imaginario de la toma.
No hay derecho a trabajar con esas reglas, ni a jugar, ni uno debe caer en la trampa de esas fotografías por más venerables que quieran presentarse. Son pura ilusión, es puro nitrato de plata sobre la superficie de la cartulina, una capa insignificante distribuida aleatoriamente sobre la cara del papel o cartulina, y ésta misma no es más que una baraja de tarot, disimuladamente introducida en la historia de un individuo y queriendo ser interpretada gratuitamente como provocada, justificada y asumida por el causante.  Puras pamplinas, malas artes, juego sucio. Fantasmas agitados en la penumbra de unos ojos estragados por el tiempo, la fatiga y ese sentimentalismo que acontece con la edad y que se acentúa con el acercamiento a los límites.

Hay que desmarcarse, servirse una copita de ron y mirar el atardecer sin mucho cariño y sin involucrarse en él.

lunes, 8 de julio de 2013

LAGARTO FRÍO

                           lagarto frío
                                               bosque húmedo
                                                               solitario
                                               hojarasca podrida
                                               faroles quemados
                                               por la lluvia
                                               y el viento
                                                                 cruzado
                                                            inclemente


                                                       comprender despacio
                                                       que el atardecer
                                                       ha llegado
                                                       en el peor momento


                                               que un instante
                                               en el vasto mundo
                                               es igual a cualquier
                                                                            otro
                                                                        instante



                                                        y que la esperanza
                                                        es solo una palabra
                                                        que hoy
                                                                        ya no pronuncio


julio 2013

domingo, 23 de junio de 2013




LA  RAIZ  DEL  COSMOS







 

           Si el hombre no tuviera  conciencia de lo eterno; si el origen de todas las cosas fuera solamente un poder salvaje y efervescente -que retorciéndose en sus oscuras pasiones lo producía todo, tanto lo que es grandioso en el mundo como lo fútil-; si un vacío sin fondo, nunca ahíto, se agazapase en la raíz del cosmos, ¿qué sería entonces la vida sino desesperación? Si todo sucediera de ese modo, si no existiera ningún vínculo sagrado que atase a la humanidad, si las generaciones se renovaran simplemente como lo hace el follaje en los bosques, o si unas tras otras fueran extinguiéndose como el canto de los pájaros en la selva, o si meramente cruzaran por la tierra como las naves por el mar y los vientos por el desierto ciego y estéril, y si al eterno olvido no se enfrentara otra potencia capaz de liberarnos de sus fauces hambrientas y devoradoras, ¡qué sería entonces la vida sino pura vanidad y horrible desolación?  (Soren Kierkegaard, Diario de un Seductor, Elogio de Abraham, pag.22, Ed. Guadarrama)


       Y qué se debe decir: lo lamento por él, y por mí, por todos nosotros, lo lamento, la vida es efectivamente pura vanidad y horrible desolación, somos el follaje caduco de los bosques, somos el canto de los pájaros ciegos en los valles sin eco, somos las olas del mar encrespándose bajo los vientos que tienen nuestra esencia innumerable y finita, los vientos caprichosos e infieles en los amaneceres del desierto, en el arenal infecundo, en las grietas secas por toda la eternidad.
           Pura vanidad y horrible desolación, solamente desesperación, no en la raíz del cosmos sino en el interior desconocido de cada ser humano, en la efervescencia de las pasiones inútiles, en las grietas de luz del pensamiento, de la reflexión vana o en la oscura esencia de los actos inexplicables, que nos llevan hacia lo más impenetrable del atardecer, hacia la hora liminar del día, cuando ya no queda ni el más pequeño filamento de esperanza y la noche se enseñorea en nosotros.
            Pura vanidad y horrible desolación, en todos los rincones, en los huecos donde las ratas anidan con sus hocicos anhelantes y sus orejas alertas, bajo las lajas húmedas donde los insectos proliferan ondulando antenas en su actividad incesante y misteriosa, en las ramas desnudas de los árboles donde un aguilucho destroza a picotazos a un pichón indefenso. O en el mar inaccesible, donde reina el terror de los más fuertes, de sus silentes mandíbulas o de sus tentáculos de asfixia.
           Pura vanidad y horrible desolación, bajo la lluvia, patinando en el barro, en los morros o en la ciudad oculta, con las luces de las avenidas al alcance de los ojos, en las goteras, en la tos, en el hambre, en el frío, en la mirada suplicante de los niños, en la incomprensión en los ojos de los niños, en las lágrimas de pus y de violencia, en la ropa destrozada, en los miembros quebrados, en la suciedad y la mugre, en la gratuita muerte que golpea dondequiera, siempre primero en lo más débil.
            Pura vanidad y horrible desolación en los rayos del sol sobre los vitraux de las catedrales, en el manto recamado y terso de los obispos, en las casullas doradas de los oficiantes, en los reflejos áureos de los cálices consagrados, en el aroma del vino, dulce como la sangre, cálido como la sangre, en las bendiciones mansas, en los sacramentos olvidados y en las penitencias de los arrepentidos que suelen no saber nunca por qué.
           Pura vanidad y horrible desolación en las trincheras y los terraplenes, en la niebla venenosa de los pantanos, en la impunidad de los lugares cerrados, alejados de las miradas de los otros, los lugares acondicionados y vigilados, los lugares aherrojados, los lugares electrificados, los cubículos de las fieras cebadas, de la carroña, de la ignominia, de la vergüenza, del crimen de lesa humanidad.  Los lugares del olvido, los lugares de la desaparición y de la muerte innumerables, las tumbas anónimas y los huesos disolviéndose, quién recordará alguna vez sus nombres, sus sonrisas, sus ideas o sus intenciones y sus amores, quién podrá decir que pasaron por donde pasaron y por qué lo hicieron, para qué sirvió su vida sin memoria y su muerte de dolor y de espanto.  Pura vanidad y horrible desolación.  Pura vanidad y horrible desolación, dibujos inescrutables en la marea de los tiempos, en el torbellino de las galaxias, en un remoto rincón insignificante y sin nombre más que para sus desconcertados pasajeros, imposibilitados de pronunciarlo nunca, pesadilla de un dios imaginado, sueño de sus mentes desfallecientes y febriles.
          

           Pura vanidad y horrible desolación, padre Abraham no apuntes contra mí tu cuchillo, no es mi culpa que la fe no sea mi compañera, que la escuálida razón no me deje acompañarte, solo tendrá que cruzar tus puentes, solo vas a encontrar lo que tengas que encontrar, padre Abraham.  Los hijos son siempre adelantados de lo nuevo que no te incluye, que no te tiene en cuenta, pero que, finalmente, tendrás, tendremos que pagar.




 
        

miércoles, 5 de junio de 2013

TEXTOS BREVES


UN  AVE  CARNICERA  Y  UN  ESPÍRITU MALIGNO


Un ave carnicera y un espíritu maligno sobrevuelan nuestros paseos cotidianos, nuestros actos y costumbres. A veces alguno de nosotros un poco más avispado se sobresalta como si intuyera la presencia indescifrable.  Pero no pasa de una sensación efímera y prontamente olvidada.
El espíritu maligno afianza sus garras en la indiferencia de las gentes, en su distracción congénita, y el ave carnicera moja su pico de acero en el jugo siempre abundante de los condescendientes y de los sobornables.
En la ciudad, las sombras amenazantes del ave carnicera y del espíritu maligno se confunden con la desmemoria y con la sombra de los ausentes, que pululan en silencio entre nuestra buena gente, que la enceguecen y la empujan al sueño, que persisten con empeño y que finalmente serán una con el ave carnicera y el espíritu maligno.
El reino va a terminar y la presencia del mal dominará la noche.







 
                                                                             VISIONES



    Borges habla en el poema Límites de las ocasiones, de su ubicación en el devenir de la vida, cuando uno casi nunca puede saber cuál es la última vez que ve algo, o es visto por un espejo, por ejemplo, o hace algo o deja de hacerlo. Y nombra el caso aterrador de una mesa llena de libros donde “alguno habrá que no leeremos nunca”.
   Pavese, en su diario, menciona en cambio otro momento tan liminar como el de Borges y es aquel de la primera vez en que uno vio algo y si lo que bastaba en aquella primera vez -el estupor, el éxtasis fantástico- ahora es suficiente, o si se exige otro significado y se pregunta cuál puede ser.
   Y entre uno y otro poeta sabemos que cada cosa es siempre la primera y heracliteanamente también la última, porque ni ella ni nosotros vamos a poder ser los mismos la próxima vez, si así puede ser dicho, y si hubiera próxima vez.  Es decir que no se ve la primera vez, ni las subsiguientes ni la última, porque ¿qué es lo que estamos viendo? Ver es comparar y si siempre es la primera vez, asombro contra asombro ¿con qué estamos comparando? Solamente abrimos los ojos tanto como lo permite nuestra sorpresa y creemos ver. Y eso que vemos no vuelve a presentarse jamás por lo que puede decirse que es la última vez que lo vimos y con ese recuerdo presente de la última vez, quién se atreve a comparar, si ya lo estamos olvidando, si  los rasgos de la cosa se están desdibujando, se disuelven en el aire melancólico de la tarde.
                  Todo lo mejor que se puede hacer es encaminarse hacia el barcito ése del               boulevard, el que tiene las mesitas afuera, sentarse allí en el fresco de la sombra de los árboles y pedirle al mozo pelirrojo, que cojea de la pierna izquierda, un aperitivo y unos platitos bien surtidos y tratar de gozar del atardecer que se avecina.










                                                        SUEÑOS   I




   Y de pronto se puede también soñar sin ser una mariposa o sin ser un emperador. Y se puede también despertar sin saber quién soy, lo cual es muy malo. O despertar sabiéndolo, lo que es infinitamente peor.