domingo, 25 de agosto de 2013

SENECTUTE

    

                                           I





Este lugar es todo distinto.  Todo distinto. Realmente no reconozco nada.
Y no se ve el monte.  Está todo cerrado, cerrado, no se ve la luz del día.  Todo distinto. Hay algunos hombres y mujeres, todos viejos, achacados.  Andan de aquí para allá, sin hacer otra cosa que murmurar en voz baja vaya a saber qué. Algunos cierran los ojos y parecen ausentes, otros parecen ausentes con los ojos abiertos, y están los que abiertos o cerrados, se meten en todo como si te conocieran de siempre.
Yo no hablo con nadie.  ¿De qué hablaría?  ¿Conocen algo de mí, acaso? ¿De quién soy y de lo que me pasa?  Además, aunque fueran normales y entendieran las palabras, ¿comprenderían mis sentimientos?  ¿Podrían entender la traición?
¿Acaso se puede entender la traición?

Por eso no hablo con nadie. Mi refugio es el silencio, mi consuelo es el silencio.




                                              II





Pienso. Todo el tiempo pienso.  Recuerdo, recuerdo muchas cosas y otras se me olvidan, me doy cuenta del hueco que dejan las cosas que no logro recordar.
A veces una cara vagamente conocida me ronda, aparece de repente desde un costado y se posiciona frente a mi.  Me sonríe con una sonrisa bobalicona. A veces habla y otras veces no.  A veces son dos las caras, las dos sonríen.
Cuando hablan, casi siempre empiezan con:
- ¿Sabés quién soy?
Y lo repiten una y otra vez, sin dejarme tiempo para pensar.
Cuando se desalientan y abandonan la presión, el reconocimiento viene en puntas de pie y digo en voz baja, porque no me gusta alardear:
- Josefina. 
O, si cuadra:
- Velia.
O:
- Oscar.
A veces tengo ocasión de decir:
- Mabel.
Y menos:
- Lucho. – o – Rodolfo – o -  Mercedes.
Ni qué decir de los otros nombres, esos que sí son más difíciles, los ... cómo es... los nietos, los nietos que son más de treinta, más la media docena de sus hijos, mis... bisnietos. Pero eso lo pienso rara vez, porque es muy complicado y nadie me puede ayudar.

Y entonces, cuando digo el nombre que esperan oír, sonríen de una manera más extraña aún, como si detrás de la máscara de alegría de la sonrisa, un frunce contrajera de preocupación el resto de la cara no comprometido con la sonrisa.
Y yo pienso que si con la sola mención de sus nombres correctos se duelen tanto, que pasaría si les comentara todo lo demás que pasa por mi cabeza, aún lo mínimo. Y entonces, para que no salgan corriendo, trato de evitar toda palabra, trato de disimular lo que verdaderamente pienso.  Pero aún así, a medias palabras y gestos indescifrables, ellos van dejándome información de la que voy sacando lentamente una idea general de lo que pasó y sigue pasando, a propósito de este lugar tan inhóspito, tan vacío de todo.
Es una tarea muy cansada, una tarea ingrata, que para colmo tiene la dificultad agregada del tiempo que media entre una visita y otra, tiempo lleno de vacío, un tiempo interminable que es como una goma de borrar, que va deteriorando lo que he sacado en limpio de la visita anterior, de tal manera que en la siguiente gasto la mitad del tiempo en tratar de recordar hasta dónde había llegado y a partir de allí, agregar algo nuevo. Pero también he desarrollado un método que parece ayudar: a cada migaja nueva que logro incorporar inmediatamente a una visita, a cada una de ellas procuro adosarle un recuerdo de antes, un recuerdo de afuera, de manera que se forma una trama con lo conocido de siempre  que impide el olvido, por lo menos lo dificulta y lo hace durar un poco más.  Total aquí no tengo nada que hacer, la comida está todas las veces, con una precisión más exacta que el hambre, cuando uno está cansado se acuesta y duerme, nadie te pide nada, casi nadie te dirige la palabra y entonces tengo todo lo que quiero para pensar y recordar y asociar.  Yo me digo cada vez que cuadra que soy un experto en mi propia vida: tengo siete piolines para tirar, cuatro activos y tres pasivos, piolines que jalados convenientemente y con el cuidado debido van trayendo todo el pasado al escenario, por lo menos ese pasado que recuerdo y algunos jirones del otro, el que no se si olvido o que nunca sucedió, lo que viene a ser casi lo mismo, porque  ¿qué cosa es lo que no se recuerda? ¿puede afirmarse que sucedió?  Además: ¿importa algo si sucedió o no sucedió?

Ahora viene esa, la mandona, con la sopa de la noche.  Siempre sopa por las noches.  Me gustaría un buen trozo de asado con achuras, jugoso y humeante, pero me parece que eso se terminó para siempre, porque además de no aparecer por ningún lado, si de pronto se materializara milagrosamente en mi plato, ¿con qué dientes lo comería? ¿cómo masticar con las ausencias? Y tendrían que trozarlo, porque no creo que mis pocas fuerzas pudieran empuñar firmemente el cuchillo necesario.  Y bueno, en eso consiste la filosofía de esta edad, no por esperada, menos sorprendente: no se puede porque no hay ni se sabe cómo.




                                                            III                            




A la mañana me lavan. Es un procedimiento incruento pero sumamente molesto y degradante. Mis cosas son mis cosas y no me gusta nada que una perfecta desconocida meta mano en mis partes y me sacuda de un lado al otro, y me de vuelta y también me manosee la espalda. Además me doy cuenta de que es una limpieza parcial, como si fuera sacarle lustre a un estante sin quitarle el polvo, una estafa oculta. Después me cambian de ropa y me instalan en una silla en un lugar parecido a un comedor, donde ya están los otros sentados a la mesa y desayunando que es lo que después de sentarme, hacen conmigo.  La empleada me desayuna a toda velocidad, obligándome a tragar lo que a mí siempre me gustó paladear lentamente, mojando el pan en mi mate cocido con leche. Eso lo recuerdo bien. El gusto que tenía no se parece en nada al que tiene esto de ahora.
Después me instala en un sillón con apoya brazos y pasa una correa por mi cintura  para evitar que me pare y me caiga, según dice la muchacha todas las veces. Como me ha puesto un pañal no se preocupa si tengo ganas de algo y trato de comunicárselo como puedo, aunque últimamente me doy cuenta que las palabras salen medio atravesadas de mi boca.  Por más esfuerzos que hago, no puedo pronunciar bien y en voz alta.
Nadie parece escucharme.




IV



Hay un espacio gigante adherido a mi sillón, que es como si no terminara nunca. Empieza ahí, después del desayuno y se prolonga indefinidamente. No hay perspectiva ni ritmos.  Estoy ahí y veo pasar a los otros, unos que van para el lado del baño, otros se quedan en la mesa jugando con cartulinas de colores, y las muchachas –creo que hay más de una – que pasan de un lado a otro, como apariciones fugaces que salen de no se dónde y se pierden en donde no se ve.
Y todo es así por siempre.

Hoy mi muchacha se olvidó de atarme. Así que esperé un buen rato y cuando los vi a todos ocupados en sus cosas, me levanté cuidadosamente.  Yo sabía que mi hermano me estaba esperando, porque teníamos que terminar el trabajo que nos habían encargado.  Así que tenía que encontrar el caballo y engancharlo al sulki, pero no lo veía por ningún lado.  Pensé que al fondo del corredor podía estar mi pingo y fui para ese lado.
No se qué me pasó, pero algo retuvo mi pie y me caí al suelo: pegué con la cara contra el piso y enseguida hubo un griterío infernal.
Cuando me di cuenta, ya la empleada estaba al lado mío:
-Mire el corte que se ha hecho, abuelo. –yo la odiaba cordialmente cada vez que me decía abuelo, esta se creía que yo no conocía bien a mis nietas.
Me ayudaron a incorporarme y me sentaron otra vez en el sillón.  Ahora sí me ataron y después la muchacha me hizo arder la frente con alcohol.
-Está todo roto abuelo –decía mientras me pasaba un algodón por la cara.  Después me desató y me llevo a la pieza y me hizo acostar, atándome a la cama con las correas.
Yo no quería, pero la chica dijo:
-Tiene que descansar; con el porrazo que se dio es de lo mejor –Y apretó la cinchas con toda energía – No se preocupe, abuelo, a la hora del almuerzo lo vengo a buscar.
Me quedé pensando, pensando.  Y en un momento estaba caminando por el monte, en Barrancas, sin ninguna dificultad en las piernas y cantando una baguala sin inconvenientes en la voz. La voz estaba flamante. Pensaba en todo lo que había sucedido y era evidente que la ciudad es la que me enfermaba y me quitaba las fuerzas. Aquí en el campo estaba lo más bien y me puse a juntar leñas para el fogón del almuerzo.




V



Ahí estaba otra vez.
-Hola papá- me besa y el pelo largo me hace cosquillas en la cara – ¿Cómo estás papá? ¿Qué te pasó?
-Se cayó,  señora. Se soltó de la silla y se cayó.
Ya estaba la alcahueta mintiendo.
-Está muy rebelde estos días –siguió mintiendo.
-Ay, papá. Te podías haber lastimado peor.
¿Quién era esta? ¿También venía a retarme?
Me acariciaba las manos y me fui calmando. Un tipo con barba estaba al lado de ella.
-¿A ver, papá, quién soy?
Otra vez lo mismo, pero no me va a joder, yo a ésta la conozco.
-eh...
-Vamos papá, ¿quién soy?
-eh...Velia.
-Viste que te acordaste.  ¿Y él? –señala al barbudo que me sonríe. - ¿Cómo se llama?
-eh...
De este no tengo ni idea. Me trae a cada uno mi hija. Y quiere que los conozca a todos.
Me quedo callado y me distraigo pensando en todas las cosas que tengo pendiente. Y yo perdiendo el tiempo aquí.
-Tengo que ir a casa.  Este lugar es muy raro.
-Sí papá. Tenés que estar unos días hasta que te mejores. Después vamos a casa.
-No quiero quedarme aquí.
.Pero ves que si dejan solo te podés lastimar.
-Es porque no estoy en mi casa. Este lugar es desconocido para mí. Cómo no me van a pasar cosas. Yo tengo que volver a mí casa.
-Ya, ya.
-Este lugar es muy raro.
La mujer no dice nada pero tiene los ojos brillantes. ¿Quién era? Apareció de golpe, salió de la nada. Ah, ya sé, es la negra, Mabel se llama.
-Ay papá, claro que es raro. ¿Sabés dónde estás?
Cómo no saber, si tengo todo el día para pensar y sentir. Salvo los pocos momentos que consigo volver al campo, todo lo demás es asqueroso.
-¿Dónde estás papá?
Ella se inclina y su pelo renegrido me hace cosquillas en la cara. ¿Por qué quiere saber? ¿para qué le sirve saber, si no han querido sacarme de acá? Ella tal vez sí, pero los otros, los otros, no saben lo que es esto, no quieren saber nada. No se puede hacer caso de lo que se sabe y mantener la traición. Prefiero pensar que no saben, así la traición no parece tan grande. Pero esta pobre que lagrimea aquí ahora, no sé lo que sabe. No sé lo que pretende, ni lo que busca.
-En el infierno –le digo con la poca voz que me queda.







viernes, 9 de agosto de 2013

POEMAS SUELTOS





alta noche fue la estirpe del dragón
no vencido ni existente
estuviste preparado en el combate
las armas oxidadas sin quebranto
la garganta seca en todo grito
y el silencio
de la muerte en la victoria





                                                                   *



                 CICATRICES


guardo en mi cuerpo las marcas que surcaste
en las tardes oscuras de los encuentros
huellas de los caminos arduos que inventamos
juntos
doble ánimo ligado sobre el sarcasmo ajeno
pesadilla tenue de escaleras y luces rojas
deudas impagas vasos de vino no escanciado
en la piel leve escozor
caricias
erosión del viento en los desiertos del hastío
arena movediza
sequedad de los músculos
ardiente soledad
arrinconada por tus brazos amigos


alguna cicatriz quedará en el tiempo
para la memoria inútil
para el desvelo
para comprender finalmente
que te fuiste



                           *



ceniza en el viento
llegaste una mañana cualquiera
guardabas en tu inocencia
mansedumbre antigua para la vida
tus ojos vinieron más tarde
con una sonrisa a cuestas
y tus pestañas nubladas
encerraron mi condena
en su noche de sueños












                HIGUERA
                                      



   Contrario a lo que lamentaba Rilke en su Elegía, la vida, no la elección ni el deseo, hicieron de mí el destino de la higuera, que da frutos sin florecer. Como el árbol nudoso, retorcido y rastrero, heme aquí sazonando mis días como esos frutos que cada año se hacen más pequeños y más sabrosos. Claro, nadie recuerda el árbol, nadie lo poda, tal vez una tormenta acaba con alguna rama más débil. Su progreso es lento, casi no se eleva, el ciclo de su vida es una parábola, ya en su rama descendente
     
     Pero en el apogeo de cada verano sus higos son cada vez más dulces y los pájaros, avisados,revolotean animadamente entre sus ramas.  ¿Llegará a saber la higuera su lugar en la economía de la naturaleza? ¿Podrá comprenderlo y al comprenderlo amar su trabajo? ¿Mejorará eso sus frutos?

     AMANECER



Acababa de amanecer y el cielo estaba limpio salvo una hilacha nubosa que lo cruzaba en diagonal y se perdía detrás del cerro del chivo.  Debido a la posición del sol su color era rojo anaranjado y seguía una geodésica perfecta.

A cada momento el cielo se aclaraba más y más; también la nube que se ensanchaba sin disgregarse y tendía a un blanco resplandeciente.

¿A qué se debía su presencia en esa mañana casi única?

¿Sería el rastro de un misil intercontinental que viajaba sin pausa hacia su blanco del otro lado del mundo?


¿Anunciaba algo? ¿O era el comienzo del fin?                                                                                                                                  

martes, 9 de julio de 2013

EL  ANTI  PROUST
 

Acerca de la memoria; acordarse de olvidar, olvidar todo.  Olvidarlo todo, una liberación completa, total, del recuerdo. ¿Para qué recordar?  ¿Sirve de algo?
El recuerdo es un sufrimiento inexplicable, inútil.
Hay que olvidar, entrar en la densidad opaca del tiempo y disolver toda necesidad, deseo o nostalgia por el recuerdo, por el pasado.
Y así no saber nada de los amigos muertos, de los padres muertos, de los que se han ido, de los traidores, de los falsos, de los hipócritas, de los perversos, de los que olvidan y de los que recuerdan, de esos que, aunque no los recuerdes, han tenido una existencia probable.
Ah, soledad llena de sol, cómo te deseo cada vez más.
La cenizas son el testimonio del fuego pero también del fin del fuego, de su consumación, y regadas al sol, en un campito verde o en un desierto amarillo son una bendición sin fecha de vencimiento.


*



jodidas ventanas que dan al crepúsculo
miradores desguarnecidos
donde el futuro se  refleja
sin conmiseración
las manos sobre el marco de madera
gastado hasta lo indecible
la vida inmisericorde
y el sol
el fugitivo
ocultándose
borrando la idea de ventana
borrando la noche
disolviéndola en la oscura turbulencia
de las fieras desatadas en la
libertad
de la jungla a dentelladas
confusas
afuera
como si todo debiera resolverse
--y se resolverá –
en unas horas
pocas
antes del amanecer




*


He olvidado el rielar de la luna en min taza de té, en la penumbra de una escalera que supongo, porque no recuerdo
llevaba a mi pieza, en el entrepiso, quizás a medio camino a la azotea de esa olvidada casa de la calle Cochabamba
que ya no existe probablemente, modificada o destruida por sus nuevos dueños, otra gente desconocida que compraron la casa una maladada mañana en un Banco del Once, Banco de la Ciudad –ex Municipal- sucursal Once
una pareja joven que comenzaba su vida conyugal justo comprando esa casa de la que no recuerdo prácticamente nada, ni cómo era, ni los que vivieron allí cuando yo que tampoco recuerdo, no estoy muy seguro de haber dormido mi larga adolescencia entre esas paredes tan antiguas, anteriores a mí mismo, anteriores a mis propios padres, donde probablemente sería lógico que ellos hubieran pernoctado en ella por años, hasta mucho después de mi ida, y que por esas reglas curiosas que rigen esos tiempos desconocidos vinieron –las paredes- de nuevo a mis manos, que desesperados no quisieron tomarlas y buscaron deshacerse de ellas – de las paredes y de la propia casa-  lo más pronto posible, aunque de todas maneras la burocracia impuso sus  dilatados tiempos, ayudándome a olvidar y vaciando la casa, en la que ya no vivía, hasta de los olores que podrían –como la maldita magdalena- ayudar a un recuerdo de cual aborrezco, y volviéndola completamente irreconocible y ajena, hasta que pude deshacerme por fin ella, sin volver a verla ni por un segundo.  Ahora otros construirán en ellas mejores recuerdos y superiores olvidos y sus absorbentes paredes perderán toda huella de ese paso mío que ya no recuerdo y que a mí concierna.
Es así la historia de las cosas humanas: una imposibilidad de origen, un oximorón galopante, una contradicción en esencia.  La historia es una traición que cuanto más pertinaz más verdadera, más justificada: Y sin considerar la historia social, aun más perniciosa que la individual y menos justificada, más llena de errores, de monstruosas deformaciones que no conforman a ninguno de los involucrados y que no sirve a los fines de saber nada de todo aquello que no haya sido tenido por la consciencia de cada cual y aun  de lo meramente presente todavía en los sobrevivientes de lo acontecido, que mal pueden recordar los hechos que los  liguen a sus contemporáneos, con los cuales siempre han tenido sus diferencias, de apreciación, de visibilidad y de registro, ni qué decir de intereses, por lo cual cada una ha conservado, si es que ha conservado algo;  cada uno una historia distinta, una peripecia personal, tan disímil de las otras como si hubieran sucedido en otra época, en otro suburbio, en otra ciudad y a otra hora.
Que en esto de recordar hay una gran falacia, un constructivismo imaginativo e inocente, que cree poder operar sobre esos insignificantes indicios de la mente para recuperar recuerdos “valiosos” o “significativos” y levantar sobre ellos cascadas de episodios coaligados o desligados, muy comprometedores con  la historia personal de los causantes.  Son como las viejas fotografías familiares ante las cuales uno se dice inmediatamente “quién carajo son estos tipejos sonrientes y seguros de sí mismos que parecen estar invitándome a ingresar con ellos en la cartulina o también teniéndonos del brazo a una figura que pueda atribuírsenos” tomándose libertades o familiaridades que desde luego nosotros no estamos en posición  ni disposición de permitirles o consentirles ni ahora ni antes ni en el  momento imposible, fantástico e imaginario de la toma.
No hay derecho a trabajar con esas reglas, ni a jugar, ni uno debe caer en la trampa de esas fotografías por más venerables que quieran presentarse. Son pura ilusión, es puro nitrato de plata sobre la superficie de la cartulina, una capa insignificante distribuida aleatoriamente sobre la cara del papel o cartulina, y ésta misma no es más que una baraja de tarot, disimuladamente introducida en la historia de un individuo y queriendo ser interpretada gratuitamente como provocada, justificada y asumida por el causante.  Puras pamplinas, malas artes, juego sucio. Fantasmas agitados en la penumbra de unos ojos estragados por el tiempo, la fatiga y ese sentimentalismo que acontece con la edad y que se acentúa con el acercamiento a los límites.

Hay que desmarcarse, servirse una copita de ron y mirar el atardecer sin mucho cariño y sin involucrarse en él.

lunes, 8 de julio de 2013

LAGARTO FRÍO

                           lagarto frío
                                               bosque húmedo
                                                               solitario
                                               hojarasca podrida
                                               faroles quemados
                                               por la lluvia
                                               y el viento
                                                                 cruzado
                                                            inclemente


                                                       comprender despacio
                                                       que el atardecer
                                                       ha llegado
                                                       en el peor momento


                                               que un instante
                                               en el vasto mundo
                                               es igual a cualquier
                                                                            otro
                                                                        instante



                                                        y que la esperanza
                                                        es solo una palabra
                                                        que hoy
                                                                        ya no pronuncio


julio 2013

domingo, 23 de junio de 2013




LA  RAIZ  DEL  COSMOS







 

           Si el hombre no tuviera  conciencia de lo eterno; si el origen de todas las cosas fuera solamente un poder salvaje y efervescente -que retorciéndose en sus oscuras pasiones lo producía todo, tanto lo que es grandioso en el mundo como lo fútil-; si un vacío sin fondo, nunca ahíto, se agazapase en la raíz del cosmos, ¿qué sería entonces la vida sino desesperación? Si todo sucediera de ese modo, si no existiera ningún vínculo sagrado que atase a la humanidad, si las generaciones se renovaran simplemente como lo hace el follaje en los bosques, o si unas tras otras fueran extinguiéndose como el canto de los pájaros en la selva, o si meramente cruzaran por la tierra como las naves por el mar y los vientos por el desierto ciego y estéril, y si al eterno olvido no se enfrentara otra potencia capaz de liberarnos de sus fauces hambrientas y devoradoras, ¡qué sería entonces la vida sino pura vanidad y horrible desolación?  (Soren Kierkegaard, Diario de un Seductor, Elogio de Abraham, pag.22, Ed. Guadarrama)


       Y qué se debe decir: lo lamento por él, y por mí, por todos nosotros, lo lamento, la vida es efectivamente pura vanidad y horrible desolación, somos el follaje caduco de los bosques, somos el canto de los pájaros ciegos en los valles sin eco, somos las olas del mar encrespándose bajo los vientos que tienen nuestra esencia innumerable y finita, los vientos caprichosos e infieles en los amaneceres del desierto, en el arenal infecundo, en las grietas secas por toda la eternidad.
           Pura vanidad y horrible desolación, solamente desesperación, no en la raíz del cosmos sino en el interior desconocido de cada ser humano, en la efervescencia de las pasiones inútiles, en las grietas de luz del pensamiento, de la reflexión vana o en la oscura esencia de los actos inexplicables, que nos llevan hacia lo más impenetrable del atardecer, hacia la hora liminar del día, cuando ya no queda ni el más pequeño filamento de esperanza y la noche se enseñorea en nosotros.
            Pura vanidad y horrible desolación, en todos los rincones, en los huecos donde las ratas anidan con sus hocicos anhelantes y sus orejas alertas, bajo las lajas húmedas donde los insectos proliferan ondulando antenas en su actividad incesante y misteriosa, en las ramas desnudas de los árboles donde un aguilucho destroza a picotazos a un pichón indefenso. O en el mar inaccesible, donde reina el terror de los más fuertes, de sus silentes mandíbulas o de sus tentáculos de asfixia.
           Pura vanidad y horrible desolación, bajo la lluvia, patinando en el barro, en los morros o en la ciudad oculta, con las luces de las avenidas al alcance de los ojos, en las goteras, en la tos, en el hambre, en el frío, en la mirada suplicante de los niños, en la incomprensión en los ojos de los niños, en las lágrimas de pus y de violencia, en la ropa destrozada, en los miembros quebrados, en la suciedad y la mugre, en la gratuita muerte que golpea dondequiera, siempre primero en lo más débil.
            Pura vanidad y horrible desolación en los rayos del sol sobre los vitraux de las catedrales, en el manto recamado y terso de los obispos, en las casullas doradas de los oficiantes, en los reflejos áureos de los cálices consagrados, en el aroma del vino, dulce como la sangre, cálido como la sangre, en las bendiciones mansas, en los sacramentos olvidados y en las penitencias de los arrepentidos que suelen no saber nunca por qué.
           Pura vanidad y horrible desolación en las trincheras y los terraplenes, en la niebla venenosa de los pantanos, en la impunidad de los lugares cerrados, alejados de las miradas de los otros, los lugares acondicionados y vigilados, los lugares aherrojados, los lugares electrificados, los cubículos de las fieras cebadas, de la carroña, de la ignominia, de la vergüenza, del crimen de lesa humanidad.  Los lugares del olvido, los lugares de la desaparición y de la muerte innumerables, las tumbas anónimas y los huesos disolviéndose, quién recordará alguna vez sus nombres, sus sonrisas, sus ideas o sus intenciones y sus amores, quién podrá decir que pasaron por donde pasaron y por qué lo hicieron, para qué sirvió su vida sin memoria y su muerte de dolor y de espanto.  Pura vanidad y horrible desolación.  Pura vanidad y horrible desolación, dibujos inescrutables en la marea de los tiempos, en el torbellino de las galaxias, en un remoto rincón insignificante y sin nombre más que para sus desconcertados pasajeros, imposibilitados de pronunciarlo nunca, pesadilla de un dios imaginado, sueño de sus mentes desfallecientes y febriles.
          

           Pura vanidad y horrible desolación, padre Abraham no apuntes contra mí tu cuchillo, no es mi culpa que la fe no sea mi compañera, que la escuálida razón no me deje acompañarte, solo tendrá que cruzar tus puentes, solo vas a encontrar lo que tengas que encontrar, padre Abraham.  Los hijos son siempre adelantados de lo nuevo que no te incluye, que no te tiene en cuenta, pero que, finalmente, tendrás, tendremos que pagar.