lunes, 6 de mayo de 2013

ARS   SCRIPTORIUM





   No me gusta contar historias:  Las historias padecen antropofagia y así suelen devorar a quienes las escriben.  No me gusta que me devoren.  Me gusta devorar.  Por eso vuelta a vuelta me indigesto y para aliviarme cuento historias, que es como vomitar lo que te está haciendo mal.  Pero el péndulo oscila con rapidez y si no te cuidás empiezan a devorarte.  Hay que entrar y salir con rapidez, hay que limitarse a lo esencial, no lo esencial de la historia sino a la catarsis que uno busca, que no siempre coincide con lo esencial para la mayoría.
   Una vez expulsado el bolo el alivio te da dos o tres días de descanso y de paz, una paz mucho más placentera que el mero acto de escribir, que por lo general es agobiante, angustioso e interminable.  Como vomitar es vomitar, con el mismo regusto ácido y la sensación de no pertenecer al mundo de la normalidad digestiva.
     Y después está la pulsión de desprenderse de lo escrito, de entregarlo a los otros, que los otros, desprevenidos, se lo lleven y lo hagan desaparecer de la vista de uno.  Esto  no es muy sencillo porque los demás se defienden con bastante eficacia, a través de la industria editorial, de las distribuidoras, las librerías y, fundamentalmente, de los críticos, que en última instancia son los guardianes de la salud pública.  Y todos actúan de esa forma por descreer de la acción natural del tiempo, quién es en realidad el mejor neutralizador de ácidos, el más espontáneo y eficiente que existe.  No se puede pedir nada mejor, por suerte.


                                                                        JORGE MIRARCHI

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