lunes, 6 de mayo de 2013



                           DISCURSO SOBRE LA ENFERMEDAD

                            Y LA VIDA VERDADERA



    Algunos creen que la enfermedad es la sima de la vida, el siniestro fondo, donde el barro se subleva. Algunos, que han vivido más o miran de otra manera, afirman que la enfermedad es la cima de la vida, la cumbre nevada donde la acuidad de la mente alcanza su nivel más alto, su competencia con dios. Creen que para que una persona -un organismo vivo con capacidad de reflexión- llegue a su plenitud, a la posesión absoluta de sus medios y sus fines, es necesario que la enfermedad lo alcance, es necesaria la humillación de un límite, que su conciencia de límite, su conocimiento sin disimulo sea parte del contenido presente de su cerebro, del foco de su atención, en forma continua, sin altibajos ni descanso.
    
     Es en esas condiciones, cuando un organismo puede ostentar su complejidad total, su estructuración plena, su funcionamiento global y sin mengua.  En la conciencia de la enfermedad se esconde la más cabal comprensión de la potencialidad y en la visión de límite que ella trae consigo, la idea clara de lo que se puede y de lo que empieza a decrecer. En la idea de decrecer subyace la más completa de crecer y en la de decadencia asociada a aquella, se inscribe toda la armonía, la melodía y el ritmo de la cadencia, la música del tramo ascendente de la vida, la música que propone una visión de la totalidad, una visión aparentemente trágica que generalmente termina siendo una visión bucólica y complaciente.

        Así se comienza a valorar todo lo que es posible cuando lo imposible hace pie y amenaza con volverse posible, cuando la finitud mancha la tersa superficie de la perfección y un hálito espeso y turbio empaña los ojos amados.  No hay perfección más completa y ubicada que la que se tiene cuando ya no es posible asirla, cuando se atiende a las palabras del otro y el sentido principal se escapa oblicuamente, cuando todo lo redondo, completo y seguro escapa hacia un horizonte oblícuo cegado por la niebla y la oscuridad en ciernes.

        Pero la enfermedad no es decadencia en el sentido de que no es simplemente decadencia. La              enfermedad puede presentarse en cualquier momento, cuando la persona se encuentra en plena posesión de sus medios, cuando está todavía en ascenso. Por la enfermedad la vida en ascenso alcanza su cima. Y más de allí es imposible subir y entonces se puede comprender todo, aún lo incomprensible de la enfermedad, su solitaria pertenencia, su obstinación recurrente. Su vitalidad creadora, su fiebre, su noche de walpurgis.
         Su vida verdadera.       

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