domingo, 22 de junio de 2014



                




         COMO ENCENDIDA







    Una mujer en estado avanzado de gravidez es una declaración tan fuerte a favor de la vida, un canto irresistible por el cielo azul y el mar abierto y las  praderas verdes del planeta, que debe silenciar y avergonzar definitivamente a todos los pesimistas que se arrastran por los rincones oscuros de las ciudades superpobladas, a los suicidas frustrados, a los portadores de navajas, a los revendedores de alucinaciones  y sus luchas acotadas por la supervivencia de los próximos cinco minutos.  Es tan fuerte el contraste y tan minuciosamente incontrovertible que es necesario indagar con suma atención en el tema, se presiente que algo está mal, algo falla en algún lugar, las cosas no son tan gratuitas y maniqueas, no es posible que se permita bastardear un  asunto tan sagrado como éste  de la mujer en su plenitud vital, a causa de una simplificación de lenguaje.  No se puede dividir el mundo en dos partes tan inmiscibles, como si las mujeres no parieran hijos de puta y los pesimistas no tuvieran madres que los pusieran en camino.  Y si finalmente ella, rara, como encendida, linda y fatal, fuera la generadora de este mundo abierto y libre, superpoblado y corrupto, ella, eterna, acuciándonos, abriendo todas las posibilidades para que elijamos la forma y la sustancia, “venciendo de echada”, si así fuera ¿qué mejor propósito para la gravidez y la desesperanza?

    ¿qué otro desatino más fecundo?

miércoles, 11 de junio de 2014


LA  CREACIÓN

                                           


    
     
                    LA   CREACIÓN



Ultimando los detalles de una creación se dio cuenta de la perfección de lo creado, de una belleza perturbadora y eterna. Entonces para darle algo de swing introdujo el tiempo.
Este último detalle lo confirmó en su sospecha: era Dios.




miércoles, 5 de marzo de 2014





                            FRAGMENTOS


   Y hay una ilusión y es la de la totalidad, de lo universal unívoco, de su desarrollo ininterrumpido y cronológico, creciente, perfeccionándose a sí mismo, madurando, en camino desde la inocencia primera hasta la chochera última, la obra inmensa, completa, omnisapiente, omnicomprensiva y terminada.
  
   Y es una ilusión lingüística, una peculiar sintaxis aplicada en el laboratorio y que nada tiene que ver con el mundo tal como es.

   En realidad todo a lo que podemos aspirar es a una clasificación fragmentaria, provisional e incompleta, una sucesión imperfecta de yuxtaposiciones, una pocas con algún fundamento, la mayoría gratuitas, desconocidas, desafortunadas, sin ley ni concierto.  En realidad debemos aplicar nuestras precarias, embrionarias herramientas a la inconclusa serie de lo real, dominada por el caos, el exabrupto, la no repetibilidad ni la comprobación, una serie que no admite experiencias ni provocación, que solo se da cuando quiere, sin memoria, sin anuncio ninguno, sin repetición porque no hay memoria suficiente.  Y así se debe afrontar el tiempo, parado en la escasa punta de un iceberg derritiéndose en un mar móvil y agitado, en la tibieza de unas aguas de las que no se vislumbran ni fondo ni costas cercanas, un mar oscurecido por nubes densas que tapan toda luz posible, un mar de aguas sin imaginación ni fantasía.

   Eso es lo real -la muerte de la imaginación basada en algo anterior , la imaginación axiomática y posible- la imaginación que es el cemento, el hilo de Ariadna del argumento de la historia. Por eso no hay historia y no hay argumento. El tiempo es una falacia que se descubre con el paso del tiempo. Comprendemos al fin que el tiempo no existe, que la memoria es un compartimiento de lo actual -una variación del presente, un desplazamiento- para impedir la locura.  Un cajoncito aislado donde se almacena la locura del momento presente, donde se anulan las diversidades fragmentarias que omnubilan el foco de la atención y donde, escondiéndolas y sometiéndolas a un régimen de clausura, se despeja la mente y permite juzgar lo apropiado de lo actual -por llamarlo de algún modo.  Lo apropiado de lo real es la tendencia a tomar lo que se quiere y asumirlo como verdadero, como propio.  Lo real es entonces el fragmento que consigo apropiarme con el fin de seguir en pie, una escisión particular, un lugar apartado, un surco, una entalladura que me contiene. Cada real corresponde a un individuo, a un foco individual, separado.  Cada individuo, cada observador obtiene como producto de su propia actividad su particular real de la realidad. La comunicación y la solidaridad son epifenómenos de la conciencia sin existencia real, sin funcionalidad posible. El correlato de  la comunicación es la ilusión de una realidad unitaria y común. Una planicie sin arrugas. No se condice con lo observado, jamás se ha podido convenirla ni asemejarla. A lo sumo se emparientan, con mucho esfuerzo, representaciones puras, sin sujeto real.

   Es el purgatorio.  Todos quieren algo que parece ser para todos lo mismo pero que, en realidad, para cada uno representa algo distinto. Lo peor adviene al comprender que ese algo representado no existe. Este particular purgatorio es eterno y es un recorrido de desencanto en desilusión y vuelta por todas las escisiones de una realidad que no cesa de fragmentarse hasta el infinito. Pero como las cortaduras en la recta de Dedekin, este infinito no es congruente, dado que se repite en cada fragmento separado por una cortadura, es decir, en cada persona. Solamente en el purgatorio puede hablarse de suma de infinitos infinito.  pero esto no es más que un juego absurdo de lenguaje, al desear tener y enunciar una teoría unitaria de la realidad, una teoría totalizadora, especialmente si lo real es monista de cabo a rabo, a pesar del materialismo dialéctico, de Marx, de Hegel y de toda la compañía. A qué puede aspirar un grano de arena si no es a una teoría granular de un fragmento del inmenso y adivinado arenal.  Qué puede saber un grano de arena del desierto de Sahara. Y no digamos si para peor el grano de arena en cuestión pertenece al desierto de Gobi, o, en todo caso, a un arenal de la provincia de Santiago de Estero. Enunciar una teoría seguramente puede, es más, debe hacerlo para su propio bien, para consumo interno, para solventar la locura de la memoria, la falacia de un pasado que quiere convencerlo de su anterior pertenencia a un bloque único, el origen común de todos los granos de arena, sean de donde hayan sido. Pero la dispersión del viento, los innumerables caminos del viento, los obstáculos, la rodadura, el desgaste, el tiempo, el tiempo, esa otra falacia, hace muy bien su trabajo, cambia, repara, modifica, rebautiza, separa, de manera que al cabo, cuando cada grano asume su propia individualidad, encarna su fragmento único y sagrado, el mal está hecho, la unidad está rota, el universo es una sumatoria: llantos, gemidos, quejas, nada pueden, es tarde, hemos de agonizar por separado, hemos de entrar en lo real solos, y una sola realidad nos será posible. Particular y única para cada uno.
                 
 “Y en alguna parte todavía pasan los leones ignorando

      toda impotencia, mientras perdura su esplendor.”

                                  PAÑOLETA



El azar de una esquina no puede negarse, se impone como una sentencia y el hombre de gabardina gris enciende su cigarrillo justo en la ochava, haciendo pantalla con  las dos manos, pues es sabido que en las esquinas el viento apaga todos  los fósforos que se le atreven. El hombre, Juan, tal vez ha pensado: “Justo aquí se me ocurre prender un cigarrillo.” O quizás en vez de “un cigarrillo” ha pensado “el cigarrillo” pues como ha decidido dejar de fumar y éste es conscientemente el primero del día, es más correcto llamarlo “el” y tener esa mala conciencia de haber caído otra vez en el vicio. Ya se ha alejado de la esquina y ha pitado un par de veces, con lo que su ánimo ha mejorado un poco, a pesar de la pequeña derrota que lo ha dominado.  Unos pasos más allá se cruza con una vieja enfundada en una pañoleta que le hace recordar a su madre. Cómo fumaba la vieja en sus últimos tiempos. Parecía no querer desperdiciar el tiempo que le quedaba y que ella –y todos – sabíamos que era corto. Se encogió de hombros y se volvió: la vieja de la pañoleta se había detenido en el umbral de una casa y luchaba contra la manija que al parecer no cedía al movimiento.
“Siempre me pasa lo mismo. Debo recordar decirle a Rubén que arregle la cerradura.” Se ajustó la pañoleta para resguardar su garganta de frío. No estaban las cosas como para enfermarse y mucho menos tan lejos de fin de mes.  Esta puerta necesita de pintura porque un tiempo más así y se va a podrir toda la madera. Pero Rubén no puede hacerlo todo. No se a quién pedirle ayuda. Hoy día todo el mundo mira para adentro y nadie hace nada por nadie. Qué estará haciendo ese tipo de traje, parado en la mitad de la vereda y mirándome. Tiene pinta de platudo, ése no tendría problema con la puerta, ése ni siquiera pensaría en arreglarla…la cambiaría por una nueva. Sin pensarlo.
¿Qué está haciendo Haydeé en la puerta de la casa, con el frío que hace? Esta mujer está cada día más loca. Vamos Mota, a ver qué se le ocurrió ahora. Tira de la correa de la perra negra que lo acompaña y en dos zancadas llegan hasta la vieja.
Rubén, qué suerte que llegaste. No puedo con esta puerta. Fijate. Dame la correa, te tengo la perra mientras.
Rubén le da un empellón a la puerta y ésta cede con un crujido de madera podrida. En cuanto se abre surge del interior un cuzquito insignificante que despliega una sinfonía de ladridos, aparentemente todos dirigidos a la perra de Rubén, que lo ignora olímpicamente.
Por la calle aparecen dos ciclistas, un muchacho y una chica, que al pasar frente a ellos gritan a dúo:  Chau Rubén, Chau Haydeé.
La vieja saluda con la mano y entra en el oscuro zaguán.
Rubén tira de la correa y sigue su camino.  Pasa al lado del hombre de gabardina gris que sigue en el mismo lugar, fumando.

Para llegar a su pieza debe atravesar un largo corredor oscuro que termina en una puerta. Pasando la puerta se abre un patio y un escalera de metal al costado que lleva a su cuarto. Todos los días hace por lo menos tres veces ese camino, suba y baje incluido. Y cada vez no puede evitar el pensamiento de hasta cuando tendrá las fuerzas suficientes para afrontarlo. Y el lugar dónde se producirá la crisis: arriba, en su cuarto, en su territorio,  o abajo, en cualquier lugar ajeno, en el territorio de quién sabe quién.
Bueno, pero ahora está a salvo, por el momento. Enciende la lámpara y lo primero que ve es la mancha azul del manto de la virgen de terracota de su mesita de luz, un color que siempre consigue apaciguar sus inquietudes.  Luego se dirige a la ventana y abre la cortina para que entren los últimos resplandores del día.  Parece satisfecha y apaga la lámpara. Por la ventana aparecen los techos de las plantas bajas vecinas, con sus manchones de alquitrán y los recortes de chapa de innumerables y sucesivas reparaciones. Es un espectáculo que nunca se cansa de observar y que está como grabado en su cerebro acompañado por un a tranquilizante sensación de dejá vú eterno e inviolable.
A veces piensa, aunque no está segura de que sea ella la que piensa esas cosas, que   le gustaría que los techos fueran transparentes  para ver las vidas de los otros desarrollarse a sus pies como en un teatro, sin diálogos, sin palabras pero no perder ninguno de los gestos y los ademanes y todas las alternativas visibles de las relaciones de los otros, hasta las más escabrosas o las más violentas y suponer por lo visto lo que realmente sucede entre esos seres que se desenvuelven unos pasos más allá.  Le gustaría saberlo todo sin intervenir, sin tener que pagar los platos rotos ni sufrir por ello.  Alguna vez pensó que sería bueno tener un televisor en su pieza pero terminó decidiendo que no era para ella, una tecnología superior a su propia época. Mejor los techos transparentes, hasta que se lo ocurriera algo mejor.
El tipo apagó el cigarrillo pisándolo y consultó su reloj: no venía nadie, nadie había aparecido, no esperaba a nadie. La ecuación cerraba perfectamente. No era necesario pensar más en el asunto, tan solo dejarse llevar por la fuerza de las cosas que aparentemente encajaban perfectamente con lo que era dable esperar de ellas, por lo menos a su respecto, ese cerco perfecto de causa y efecto, esa certidumbre tranquilizadora y bastante amigable. La lejanía de los recuerdos fungía de amable protección, salvo alguna intromisión azarosa, como la mujer de la pañoleta, que le llevaba a algún lugar lo suficientemente remoto como desecharlo con un simple encogerse de hombros. O así lo creía.


                                                                                     




IMPRESIONES




Una nota, una nota aislada en el silencio de la noche. No, tal vez hay que cambiar el escenario: una nota, una nota aislada en la escalera en penumbra. Escalera solitaria. El escalón que se alcanza a ver está revestido de mosaico amarillo con dibujos geométricos – grecques – en un tono casi rojo, algo desvaído por las pisadas. Aparentemente muchas pisadas -¿será la escalera de una estación de subtes? – Una nota aislada sonando con persistencia en la memoria auditiva de alguien. Subiendo un escalón. Nada.
El aire está impregnado por el perfumes de las flores de lavanda que bordean el camino. Qué no daría el amante de las flores por encontrase en el prado de amapolas rojas, pintadas con breves trazos de pincel, nerviosos trazos en medio de un silencio verde, matizado, salpicado de sol. La nota es cantarina, pura. El sentido está vacío, apto para ser llenado por las voces de niños, por las carreras locas de un perro de lanas y el rebotar incierto de una pelota de gajos rojos y amarillos.
La tarde se inclina a occidente, la nota es grave, adulta, prolongada. El sol desaparece en la colina distante y el aire se tiñe de un dramático rojizo amarronado. En los bordes del campanario un filete de sol persiste aferrado en el borde broncíneo de la campana. Si el campanero quisiera ¡qué nota aturdiría el ánimo ya alicaído por el crepúsculo! ¡Cómo saltaría de un lado al otro, columpiándose, el reflejo de la última luz del día!
Y en la escalera, en la penumbra creciente, una bolita de vidrio salta de escalón en escalón, hundiéndose hacia abajo, en un arpegio de agudos desvaneciéndose a medida que se alejan hasta desaparecer en lo profundo del silencio.
Así la noche gana la partida por unas horas, mientras a lo lejos apenas se perciben unos tonos bajos que resuenan sin apagarse del todo. Son las notas nocturnas que pretenden llenar la oscuridad con amenazas para que los desvelados no consigan conciliar nuevamente el sueño y se mantengan con los ojos casi muertos pegados al negro telón en espera de lo que, seguramente, no vendrá.  Nadie puede saber lo que vendrá.
Hasta el amanecer que resuena una seguidilla de rápidas notas trepando la escalera de la luz, agudas, ágiles, que rebotan en cada superficie que va tocando el sol en su recorrida esperanzadora, haciéndose eco en las paredes que se interponen en su camino zigzagueante y ¿alegre?
Un sol, el de siempre, que disuelve la escarcha en el pasto sufrido, que evapora la bruma con un gesto de prestidigitador que no permite visualizar sus trucos, su método, tan progresivo y lento que no parece variar nada cuando está variandolo todo, y que simula estar, mientras tanto en otra cosa, su sempiterno desplazamiento por una geodésica no escrita, no dibujada,  casi inmutable como la idea de dios.

Es un nuevo día.

sábado, 1 de febrero de 2014

LLUVIA EN LA PUERTA DEL TEMPLO  (*)



      Camino lentamente como si tuviera un calambre permanente en los dedos del pie izquierdo, que tirara de ellos hacia fuera de la sandalia, y la planta del pie derecho plagada de callos intratables que no permitieran el apoyo total de esa planta en el suelo.  Tengo la sensación de bambolearme, no como si estuviera borracho, sino como perdido en este maremagnum que es el sitio donde me encuentro, o para mejor decir, donde me siento perdido.   Otra manera de decir esto sería que el cuerpo – mi cuerpo, porque este cuerpo es el mío - está borracho, el cuerpo  intoxicado y la mente muy clara, o que estar perdido es lo mismo que estar a secas, ya que la pérdida –he aprendido a lo largo de los años- la pérdida es la constancia de estar vivo, es la certidumbre del ser, que puede estar presente – la certidumbre – sin el conocimiento cabal de lo que en definitiva se es.  Y en esa metafísica patera es que recobro la vertical, justo en las puertas del templo; frente a los desiertos propíleos y las gastadas escalinatas libres de gente lo que les confiere un aspecto geométrico muy acentuado y casi hermoso, si no fuera por los envases de golosinas y papeles grasientos distribuidos por los escalones sin orden ni método, diría, si no fuera gracioso en extremo pretenderlo. Estas suciedades sitúan  perfectamente mi descripción en su tiempo, su intransferible momento, mi intransferible momento. Dicen certeramente lo que es posible y lo que no lo es, en el minuto increíble que es éste.
Doy un paso hacia la entrada y una multitud de enfervorizados vendedores ambulantes me corta el camino, apareciendo de la nada, ofreciéndome sus productos, armando a toda prisa y sin rubores, sus puestos y sus kioskos. Son como si uno dijera, el producto del libre comercio llevado a su primitiva expresión. Los albores de la modernidad. Hoy.
Un coro llena el aire aunque los corifeos son invisibles desde donde yo estoy.  “Somos los mercaderes del Templo” cantan los que no son mudos y los vendedores retrucan con voz de falsete “vendemos de todo”.  Los que se sienten incapaces de cantar o son mudos levantan las cajas de merca y los brazos en hosanna hacia las alturas.  “Somos los mercaderes de siempre” grita el coro.  “De siempre, de siempre” contestan los vendedores. Me tapo los oídos con las manos y tiemblo y el temblor se comunica a todo mi cuerpo como si tuviera fiebre.  Siento los testículos bambolearse en el interior de mis calzoncillos y a la grasa de mi barriga quejarse a borbotones.  No puedo decir que sea infeliz, pero comprendo que estoy sufriendo un rito de pasaje.  El contrapunto coral sigue unos minutos más y cesa al unísono del armado total de los puestos.  Estos han ocupado – usurpado -  casi todos los espacios antes libres.
Me gustaría tener las pelotas suficientes – o el deseo arraigado en lo profundo que supliría el valor ausente-    para echar a los Mercaderes del Templo, pero en realidad debo concluir que no me interesa demasiado dicho Templo ni tampoco mucho los Mercaderes.  Hace tiempo he dejado de interesarme en él y mucho menos en ellos.  He dejado de interesarme en casi todo y si hilo bien fino, debo decir que no me inmolaría por ninguna circunstancia sobre esta tierra rara y ajena, salvo una sola cosa, que por estos tiempos extraños y finales, atrae mi atención con exclusividad y esa es Cora, la catequista renga, que hoy no consigo ver por ningún lado. Y otra vez vuelvo a excederme  en palabras y eso me enfurece: no se por qué dije catequista y renga, dos precisiones innecesarias y demagógicas, por darle alguna calificación: su oficio, ocupación, tarea o devoción y su discapacidad o particularidad funcional anatómica o al revés, no se muy bien, pero que no vienen al caso, no son necesarias de mencionar o precisar, y que no agregan, más bien, quitan.  Con decir Cora hubiera bastado y con no decirlo también. Yo se muy bien en quién estoy pensando, a quién espero.  En el pensamiento, a veces, los nombres, creo, no son necesarios y casi siempre se piensa una cualidad o una característica en lugar del nombre – la parte por el todo, la conducta habitual por la actitud ante la vida, la sustancia por el objeto, la curva antes que la parte recta. Aclarado lo cual debo concentrarme en el análisis del fallido o del exceso involuntario, si es que lo fue, a fin de saber qué pasa en el interior de mi mente cuando se producen esos resbalones inexplicables por el momento.   Decido dejarlo para más adelante.  Aquí hay mucho ruido para concentrarse, con los vendedores voceando sus productos y la gente, aparecida de no se dónde, discutiendo los precios en voz alta.  No son muchos los que compran pero todos discuten.
Es un ruido infernal. En el atrio, a unos metros nomás del cielo redentor y de la presencia invisible del autor de las cosas, el ruido es el del infierno, el del enemigo. Si en el infierno la acústica todavía vale es seguro que suena así y es parte de su sistemática tortura justiciera. No lo postulo yo. En todo caso pregúntele a San Agustín o algún otro de ellos.  Para peor mis pies me están matando y casi no consigo mantenerme parado.
Me siento en lo alto de la escalinata, donde comienza el atrio.  Es un lugar favorable ya que me va a permitir relojear si Teta  -digo Cora  - entra o sale de la iglesia o de la casa parroquial que está a la derecha del Templo propiamente dicho. ¿Estará el Templo propiamente dicho? No hay dos opiniones iguales pero eso siempre ha sido así y no me molesta.  Que otros se ocupen de decirlo y lo digan como quieran; el mundo se pliega a los decires pero a los pobres nos da igual una cosa que la otra, siempre perdemos y a la chita callando, es decir, sin derecho a decir nada, a no abrir la boca que vienen degollando. Nombrar es cosa – y siempre ha sido – de la derecha, de los conservadores.  Si ellos lo dicen, la cosa existe. Si no ...
Con ese convencimiento sigo cómodamente sentado y si no fuera por el ruido estaría en la gloria.  Y sin necesidad de comulgar.  Lo cual es un importante ahorro de energía en un mundo cada vez más desarticulado y dependiente.  Sin hablar del beneficio de saltear la confesión, práctica vejatoria si las hay.  Aunque hay quienes la alaban como una purificación alentadora y tranquilizante en un mundo cada vez más convulso. Algo devaluada por la competencia, después de Freud, Lacán y compañía, pero vigente todavía. Evito mirar hacia el templo propiamente dicho, pues si lo hago debería hacerme la señal de la cruz, como hacen todos los fieles que enfrentan la nave principal. Lo hacen al entrar, mojando levemente, o haciendo como que, los dedos en agua bendita, que suele ser una humedad algo sucia sobre una concha de mármol apoyada generalmente en una columna del mismo material, o directamente en seco, si son transeúntes que no están con el agua al alcance de sus dedos pecaminosos y manchados de tabaco, caminando por la vereda o arriba de un colectivo o tranvía que tenga la particularidad de pasar frente a dicho propiamente templo de marras.  La señal de la cruz, a veces repetida en la frente, sobre los labios y en el pecho, a veces una sola tocando la frente, el pecho, los hombros y finalmente el beso de la boca para rubricar todo el movimiento. Evito la señal de la cruz porque haciéndola me sentiría un hereje simulador y contrito y terminaría despreciándome aún más, en lugar del agnóstico honrado que creo ser – salvo opinión interesada en contrario de algún otro, por otra parte siempre presente. Hay que contar con ello.
Ahora están llegando espectadores o clientes que se mandan de una a la nave principal, seguramente para la misa de once. Algunos distraídos o benevolentes, tiran breves monedas a mis pies, que recojo con parsimonia y atesoro en el bolsillo de la campera.  ¡Gloria a Dios en las alturas y plata al Papá en el rastrero piso que mancha con su estola! La ecuación de los Tiempos está abierta y nadie se atreve a calcularla, es de grado infinito y de múltiples e interminables términos en su endiablada álgebra, que como todo el mundo sabe, es el infernal invento de los árabes, enemigos declarados de Occidente según proclama el mismo Occidente calculador. Se puede mentir en muchas cosas pero cuando nos aproximamos a los relojes, los números, las certezas se enturbian y las respuestas atinadas no llegan nunca.  Afortunadamente nos tenemos y en eso radica toda nuestra suerte, que es como decir, toda nuestra fuerza. Aparte del asunto del cero, digo respecto al invento de los árabes. Ese cero tan redondo e inesperado que vino a alterar a los números naturales que vivían su infinita vida sin recurrir ni necesitar de él. Aunque el cero, más que redondo es ovalado, geometría que necesita de una urgente explicación y que consistiría en advertir que el cero se ubica en el eje numérico entre el 1 y el –1;  que fue puesto allí con fórceps y que esta circunstancia lo presionó lateralmente de tal forma que el círculo original se estrechó horizontalmente y en consecuencia se alargó verticalmente. O sea que en el ámbito rastrero, a nivel de la tierra no tuvo demasiada expansión social con sus vecinos, sí acrecentando su dimensión espiritual, una parte apuntando hacia el cielo como demandando su ayuda y otra parte, de similar entidad, presionando hacia abajo como quien trata de ocultarse bajo tierra – síndrome de ñandú, pájaro nuestro que todos saben no puede volar, como el cero.
Está comenzando a llover.  Unos módicos charquitos se están formando en las desigualdades del atrio. Los Mercaderes se movilizan y desaparecen, tratando de proteger sus intereses de la agresión del cielo.  Inclemente cielo. Cielo bajo, encapotado y gris.
Yo sigo, sentado.  Ahora los fieles entran corriendo sin reparar en mi presencia.
La lluvia arrecia.
De Cora ni la sombra.  Aunque no es muy apropiado decir así – otra vez el dilema de los decires – ya que cuando llueve lo primero que se disuelve es la sombra.  Me gustaría ser una sombra y despertarme ¿en qué otro lugar? O ser otro y despertar sin saber quién soy o sabiéndolo estar en desacuerdo, sin importar el lugar en que esto suceda.
Pero debo decir que a mí la lluvia me gusta.  Me gusta mucho. No solo porque disuelve a los Mercaderes y enmudece a los coros.  Me gusta porque sí, porque me moja y me vuelve consciente de mi cuerpo y de mi piel.  Hay una armonía especial en que la humedad de fuera se deslice por la piel, que es la membrana que separa la humedad de adentro  de la de afuera, pero que al mismo tiempo es permeable tanto a una como a la otra, siendo de esa manera el lazo, el vínculo del afuera con el adentro, la unión mística con lo otro - ¿o debo decir el otro? –la ligazón con el prójimo, el tan meneado religare que dio origen a ya sabemos qué. Su propia transfiguración mediante el simple y ambiguo paso del tiempo y la obra de los místicos o mistificadores, vaya uno a saber.
A mi alrededor no se ve a nadie.
Por la benevolente lluvia decido quedarme en donde estoy, haciendo o no sombra.  Esperando o sin esperar nada. Mejor sin esperar nada, especie de nirvana por el absurdo, que tiene la ventaja de no propiciar fundamentalismos ni exageraciones. No esperar nada. O quizás sea más correcto decir: esperando nada.
Confiando en Cora que nunca me ha defraudado. La mujer es siempre la última verdadera esperanza de nuestro mundo, o por lo menos del hombre que la espera.
Una situación abierta prepara la mente para dar un salto que pueda superar la dicotomía entre no saber el futuro – situación abierta – y la propia abertura o apertura que está allí ofreciendo un espacio  nuevo, no demasiado visible, no sabido, pero tentador. Es la posición de la rana en este zen de entrecasa  que se ofrece libremente. La rana suele esperar un estímulo exterior para decidir el salto, en este caso el estímulo puede ser interior, debido a la expectativa que se crea frente a lo abierto, que se trata de llenar como si fuera un vacío que naturalmente funge de horror para la mente en espera – la mente racional, por supuesto, aunque a veces...
Yo, Mateo, estoy llenándome de lluvia y de espera y sin saber cómo me encuentro en una aporía. Si bien la lluvia no me es hostil, sino más bien amigable, algo de la espera o del lugar clivan sin ruido y sin aviso y, deslizándome en el lodo metafísico, que es el peor de los lodos, me encuentro envuelto en el caos, en el  desapacible caos de la situación física, en lo indeterminado y falaz de lo natural, eso que nos envuelve sin explicación y sin pausa,              sin saber muy bien quién soy, qué hago allí y si debo o no debo resolver la espera o dejarla transcurrir en silencio.
Levanto la vista, en el atrio no estoy más que yo. Nadie se asoma por las puertas del templo y en la plaza seca alrededor tampoco hay nadie. Las perspectivas de las calles que desembocan en la plaza que puedo ver desde donde me encuentro, están desiertas, irreparablemente desiertas, como un paisaje de un pintor  metafísico. Las del lado norte dejan ver a lo lejos un sector del oscuro valle, cruzado por ráfagas hacia el gris horizonte, en parte cerrado por las estribaciones de los cerros, que lo acompañan en diagonal hasta donde  alcanza la vista. Por ese lado la perspectiva es conclusa, cerrada. El valle, surcado por nuestro misterioso río, mezcla iconoclasta de Leteo y de arroyo pirenaico, transmite una sensación desapacible, como si las aguas incrementaran el contenido de consunción, de final anticipado, de gusanos terminales que su misma negra agua, dadora de olvido, se encarga desde hace años de acoger y de transportar. Tengo una percepción  muy clara de la ardiente finalidad de ese silencioso fluir y la idea me hace estremecer, como la lluvia no ha conseguido a pesar de su persistencia y de su monotonía.
Es el momento preciso que un creyente llenaría haciéndose la señal de la cruz, lo cual no deja de ser una masturbación innecesaria, como el verbo lo indica. Hacerse, verbo reflexivo no de reflexión sino de reflejo, no de pensar sino de espejo. Verse en el espejo haciéndose la señal de la cruz, preludio de sombras y puterío de la mente reblandecida por el tiempo y las grasas saturadas. 
Me gustaría pensar que esto es un prólogo, lo suficientemente explícito como para  crear la expectativa de lo que vendrá, de lo que sigue, como esos caminos amenos y crujientes, que cruzan el bosque serpenteando entre los árboles, y dónde al paseante no le alcanzan los sentidos para disfrutarlo plenamente y adivina en cada recodo una imagen tanto o mejor que la anterior y la aparición milagrosa de un arroyo murmurando entre las piedras. Aunque, como queda dicho, el paisaje no augura precisamente la imagen anterior.
Pero ahora son las puertas abiertas y el frente de piedra del templo y llueve sin cesar. No hay paseante ni testigo curioso o amable, solamente yo, con los ojos entrecerrados.
Yo, Mateo, espero contra toda esperanza.




 * Capítulo inicial de novela en elaboración




   EL   PIANO

                                                                             Pirograbado original de Hugo Salinas




En casa había un Steinwal vertical que todos los días me esperaba con su ceño adusto, la mirada negra de nogal reluciente como charol y el silencio imponente de sus notas dormidas.  Adentro no había ni la canción profana ni la alegría melódica, sólo la perenne monotonía de las escalas de Williams, de las escalas casi eternas, generadoras de melancólica pereza, de tardes lluviosas y de llanto escondido.  Pero la nostalgia ahora transforma las escalas a la categoría de fuga, un sombrío adagio fugado hacia el confín de la tarde, que trae a mi madre sonriendo, con sus trenzas cruzadas sobre la cabeza como una corona, como entonces, una diadema de cabellos que el olvido o el recuerdo adorna con destellos, como si el tiempo no hubiera pasado por la cara que enmarcan, como si siguieran significando el refugio y la ternura que alguna vez encarnaron.

Pero todo es mentira, todo se confunde en remolinos ociosos, en una pequeña tormenta de alucinación y hastío.


Y el piano, el piano quién sabe dónde estará.